No puedes pedirle a tu hijo que cambie si todo a su alrededor sigue funcionando igual

No puedes pedirle a tu hijo que cambie si todo a su alrededor sigue funcionando igual

No puedes pedirle a tu hijo que cambie si todo a su alrededor sigue funcionando igual

 

El desarrollo mental-emocional de un joven tenista no depende únicamente de lo que trabaja con un profesional. El entorno familiar también puede contribuir a sostener los patrones que queremos transformar.

Cuando una familia busca ayuda mental para un jugador joven, normalmente llega con una preocupación muy concreta: «Se frustra demasiado», «No consigue mantener la concentración», «No escucha», «Tiene que ser más responsable», «Necesita ser más constante» o «Tiene muchísimo tenis, pero en competición no consigue demostrarlo». Y detrás de todas estas frases suele existir un deseo absolutamente comprensible: queremos que nuestro hijo cambie.

👉 Sigue leyendo… porque cuando queremos producir un cambio profundo y sostenible, hay una pregunta que no podemos pasar por alto: ¿qué está dispuesto a cambiar el entorno para que ese jugador pueda cambiar?

Un adolescente no funciona de manera aislada. Forma parte de un sistema en el que se han construido durante años determinadas maneras de reaccionar, comunicarse, establecer límites, gestionar conflictos, asumir responsabilidades y afrontar la frustración.

Por eso, cuando queremos producir un cambio profundo y sostenible, no podemos mirar únicamente al jugador.

El jugador no es una pieza aislada

Imaginemos a un jugador que trabaja conmigo para desarrollar mayor responsabilidad. Durante las sesiones aprende a asumir sus decisiones, cumplir compromisos y comprender que aquello que quiere conseguir requiere determinadas conductas.

Pero después vuelve a casa y, cada vez que no cumple, sus padres terminan solucionando aquello que él debería haber resuelto.

¿Qué mensaje termina siendo más fuerte?

O imaginemos que queremos trabajar su tolerancia a la frustración. Queremos que aprenda que sentirse frustrado no significa que tenga que abandonar, explotar o desconectarse. Pero cuando aparece esa frustración en casa, los adultos modifican inmediatamente un límite para evitar el conflicto.

De nuevo, tenemos dos mensajes diferentes.

También podemos querer que sea más autónomo, pero seguir anticipándonos constantemente a sus necesidades, recordándole todo, tomando todas las decisiones y evitando que experimente las consecuencias de aquello que decide.

Después nos preguntamos: «¿Por qué no es más responsable?».

Quizá porque estamos pidiéndole autonomía mientras, sin darnos cuenta, continuamos construyendo dependencia.

No se trata de buscar culpables

Cuando explico esto a una familia, hay algo que quiero dejar muy claro: no estoy buscando quién tiene la culpa.

Los padres actúan normalmente desde el amor y desde el deseo de ayudar a sus hijos. El problema es que una conducta puede tener una intención positiva y, sin embargo, producir un efecto diferente del que pretendíamos.

Rescatar constantemente puede parecer ayuda. Evitarle determinadas consecuencias puede parecer protección. Ceder ante una reacción intensa puede parecernos una forma de reducir el conflicto. Recordarle continuamente lo que tiene que hacer puede parecer responsabilidad parental.

Pero cuando determinadas dinámicas se repiten durante años, pueden contribuir a mantener exactamente aquello que después queremos transformar.

Por eso el trabajo no consiste en culpabilizar. Consiste en hacer consciente el sistema.

«Quiero que sea más responsable»

Esta es probablemente una de las frases que más escuchamos cuando trabajamos con adolescentes.

Pero la responsabilidad no aparece simplemente porque se la exijamos. Se desarrolla.

Y para desarrollarla, el joven necesita disponer progresivamente de espacios reales en los que pueda ejercerla. Necesita tomar decisiones, equivocarse, experimentar consecuencias, solucionar problemas, asumir compromisos y descubrir qué ocurre cuando no los cumple.

También necesita aprender a tolerar la incomodidad que acompaña inevitablemente a todo ese proceso.

Si queremos que nuestro hijo sea responsable, pero intervenimos constantemente para impedir que experimente las consecuencias de sus decisiones, estamos enviando un mensaje contradictorio.

No podemos pedir responsabilidad y eliminar continuamente las condiciones necesarias para desarrollarla.

«Quiero que tolere mejor la frustración»

Exactamente lo mismo ocurre con la frustración.

La tolerancia a la frustración no se desarrolla intentando que un joven nunca se frustre. Se desarrolla aprendiendo a atravesar la frustración.

Esto no significa provocar sufrimiento innecesario. Significa comprender que determinadas experiencias incómodas forman parte del desarrollo.

Perder, equivocarse, no conseguir inmediatamente aquello que quiere, recibir una corrección, tener que cumplir un compromiso aunque no tenga ganas, aceptar un límite o encontrarse con una consecuencia son situaciones que pueden generar frustración.

Y precisamente ahí aparece la oportunidad de desarrollar una respuesta diferente.

«Quiero que sea más autónomo»

La autonomía tampoco aparece de repente cuando el jugador cumple 16, 18 o 20 años. Se construye progresivamente.

Al principio necesitará mucha estructura externa. Los padres organizan, recuerdan, deciden, supervisan y sostienen. Pero el desarrollo debería producir un movimiento progresivo:

De la estructura externa hacia la estructura interna.

Cada vez menos: «Papá o mamá tienen que recordármelo».

Y cada vez más: «Yo sé qué tengo que hacer y me responsabilizo».

Cada vez menos: «Necesito que alguien me diga cómo reaccionar».

Y cada vez más: «Sé cómo quiero responder aunque lo que esté ocurriendo me incomode».

Ese es uno de los grandes objetivos de lo que en flowandgrow denomino construcción de la Arquitectura Interna del jugador.

Cuando los padres también necesitan observarse

Aquí aparece una parte que puede resultar incómoda.

Cuando llevamos a nuestro hijo a un profesional, resulta relativamente sencillo pensar: «Este es el problema. Ayúdame a cambiarlo».

Pero en determinados casos el profesional necesita ampliar la mirada.

¿Qué ocurre cuando el jugador pierde? ¿Cómo reaccionan los padres? ¿Qué conversaciones aparecen después de los partidos? ¿Qué sucede cuando incumple un compromiso? ¿Los padres están alineados o uno establece límites que el otro posteriormente elimina?

¿Se permite que el jugador experimente consecuencias? ¿Se diferencia entre comprender una emoción y justificar cualquier comportamiento? ¿Se habla constantemente de resultados? ¿Se intenta controlar excesivamente aquello que debería ir perteneciendo al jugador?

Estas preguntas no buscan determinar quién lo está haciendo «bien» o «mal».

Buscan comprender qué dinámicas están participando en aquello que queremos transformar.

Tu hijo puede trabajar una hora conmigo. Después vuelve a su vida.

Este punto es fundamental.

Un jugador puede realizar un trabajo extraordinario durante una sesión. Puede comprender perfectamente un patrón, identificar qué está haciendo e incluso decidir cómo quiere responder de manera diferente.

Pero después vuelve a su entorno. A su familia, a sus entrenamientos, a sus relaciones, a sus hábitos y a las mismas situaciones que activan aquello que estamos trabajando.

Por eso, cuando la familia participa adecuadamente en el proceso, la capacidad de sostener el cambio puede ser mucho mayor.

No porque los padres tengan que convertirse en terapeutas o mental coaches. Todo lo contrario.

Necesitan seguir siendo padres.

Pero pueden aprender a crear un entorno más coherente con aquello que queremos desarrollar.

Los padres no son el problema. Pueden ser una parte fundamental de la solución

Esta diferencia es importantísima.

Trabajar con los padres no significa decir: «Vuestro hijo funciona así por vuestra culpa».

Significa decir: «Tenemos una oportunidad de ayudarle mejor si comprendemos cómo funciona todo el sistema».

Porque una familia puede aprender también. Puede revisar determinadas respuestas, establecer límites de otra manera, mejorar su alineación y aprender cuándo intervenir y cuándo retirarse.

Puede comprender cuándo está sosteniendo y cuándo está rescatando. Puede empezar a devolver responsabilidad al jugador de manera progresiva.

Y cuando esto ocurre, dejamos de tener un profesional intentando cambiar al jugador mientras el resto del sistema continúa exactamente igual.

Empezamos a tener un equipo trabajando en la misma dirección.

¿Significa esto que el jugador no es responsable?

En absoluto. Este sería el otro extremo.

El hecho de comprender el sistema no elimina la responsabilidad individual.

El jugador también tiene que hacer su parte. Tiene que participar, escuchar, practicar, comprometerse, aceptar determinados límites, aprender a gestionar sus emociones y responsabilizarse progresivamente de sus decisiones.

El objetivo nunca es sustituir su responsabilidad por la de los padres. El objetivo es crear las condiciones para que pueda desarrollar cada vez más responsabilidad propia.

Por eso el proceso tiene una dirección muy clara:

Padres que progresivamente necesitan sostener menos porque el jugador aprende progresivamente a sostenerse más.

No trabajamos únicamente para cambiar conductas

En flowandgrow no me interesa únicamente conseguir que un jugador deje de tirar la raqueta, controle mejor los nervios o piense en el siguiente punto.

Esos comportamientos importan, pero muchas veces son la superficie.

Mi trabajo consiste en comprender qué estructura mental y emocional está produciendo aquello que estamos viendo. Qué ocurre con su responsabilidad, su necesidad de aprobación, su relación con el error, la frustración, el control y las expectativas.

También con sus padres, con el entrenador y con su propia identidad como jugador.

Porque cuando modificamos únicamente el síntoma, el patrón puede aparecer de otra manera.

Cuando transformamos la raíz, empezamos a construir algo diferente.

El verdadero objetivo: una Arquitectura Interna capaz de sostener su tenis

Un jugador joven puede tener un tenis extraordinario, pero necesitar una estructura interna mucho más desarrollada para poder expresarlo bajo presión.

Y esa arquitectura no se construye únicamente dentro de una sesión.

Se construye también en la vida cotidiana: en cómo responde cuando algo no sale, en cómo cumple, en cómo escucha, en cómo afronta una consecuencia y en cómo aprende a decidir.

También en cómo sus padres le acompañan mientras progresivamente deja de necesitarlos para regular cada dificultad.

Por eso, cuando queremos un cambio profundo, la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Qué tiene que cambiar mi hijo?»

También merece la pena preguntarnos:

«¿Qué necesitamos cambiar nosotros para ayudarle a convertirse en el jugador y en la persona que necesita aprender a ser?»

Porque el cambio sostenible rara vez consiste en modificar una única pieza mientras todo lo demás permanece exactamente igual.

El jugador evoluciona, la familia aprende a acompañar de otra manera y el sistema empieza a trabajar en la misma dirección.

Eso es muy diferente a intentar simplemente «arreglar» al jugador.

¿Lleváis meses o años repitiendo los mismos patrones alrededor del tenis?

Si tu hijo o hija tiene tenis y quiere avanzar, pero seguís encontrándoos con los mismos bloqueos, conflictos, frustraciones o dificultades para sostener lo que necesita hacer, quizá sea necesario ampliar la mirada.

En una Sesión Gratuita de Valoración Personal podemos analizar qué está ocurriendo realmente, qué puede estar sosteniendo esos patrones y si mi metodología es adecuada para ayudar a vuestro hijo y a vuestra familia.

👉 Solicita aquí vuestra Sesión Gratuita de Valoración Personal:

https://flowandgrowtenis.com/mental-coach/

Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Doctora en Psicología · Máster en Psicología del Deporte
Mental-Coach especializada en tenis
CEO de flowandgrow Mental-Coaching S.L. 💙

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