El problema no es fallar. Es no volver a ponerte los zapatos

El problema no es fallar. Es no volver a ponerte los zapatos

El problema no es fallar. Es no volver a ponerte los zapatos

El nivel no está en la perfección, está en la capacidad de sostenerte cuando deja de serlo

Hace unos años me compré unos zapatos rojos de Carolina Herrera. Para mí no eran solo unos zapatos, eran un símbolo. Representaban una subida de nivel, una forma de entrar en otro contexto, en otra versión de mí más segura, más elegante y más presente. No era el objeto en sí, era lo que significaba.

👉 Sigue leyendo para entender por qué el problema no es fallar… sino dejar de sostener el nivel cuando deja de ser perfecto

Recuerdo perfectamente el momento en el que los estrené. Tenía un evento en Berlín, en el Bundestag. Me preparé con detalle, me vestí, me puse los zapatos y salí con esa sensación de estar dando un paso importante. Todo estaba alineado, todo tenía sentido, todo encajaba con esa imagen de entrada a un nivel superior.

Pero a los pocos minutos ocurrió algo completamente inesperado. Caminando por la calle, el tacón se metió en una rejilla y el cuero se rasgó. En ese instante no se rompió solo el zapato, se rompió también la imagen que yo había construido: la sensación de perfección, de control, de estar impecable en ese nuevo contexto.

Los llevé a arreglar y volvieron a ser utilizables, pero ya no eran lo mismo. Y aquí es donde aparece lo verdaderamente importante: casi no me los volví a poner. No porque no pudiera hacerlo, ni porque no sirvieran, sino porque ya no eran perfectos, ya no encajaban con la idea que yo tenía de ellos.

Y este punto es clave, porque esto no va de zapatos. Va de cómo funcionamos cuando damos un salto de nivel.

En tenis ocurre exactamente lo mismo. Un jugador sube de categoría, entra en torneos más grandes, compite contra rivales mejores. Está ahí, tiene el tenis, tiene los recursos. Pero en ese contexto aparecen los errores: pierde partidos, duda en momentos importantes, no está perfecto como esperaba.

Y entonces ocurre algo decisivo.

En lugar de integrar ese proceso como parte del crecimiento, el jugador empieza a interpretar lo que está pasando como una señal de que no pertenece a ese nivel. Y, sin darse cuenta, empieza a protegerse. Reduce su ambición, cambia su forma de jugar o vuelve a entornos donde se siente más cómodo y más seguro.

Es, en esencia, dejar de ponerse los zapatos.

Por eso la pregunta no es si fallas, porque eso es inevitable. La pregunta es qué haces después de fallar. Cuando pierdes un partido importante, cuando dudas en un momento de presión o cuando las cosas no salen como esperabas, ¿te mantienes en ese nivel o te bajas de él?

Aquí es donde se produce la diferencia real.

El problema no es el error, ni la imperfección, ni que el rendimiento no sea exactamente como imaginabas. El problema es interpretar ese momento como una señal de que no perteneces, y abandonar la identidad que te permitiría competir ahí.

El alto rendimiento no se construye desde lo impoluto, sino desde la capacidad de sostenerte cuando ya no lo es. Cuando el juego no fluye, cuando aparecen las dudas, cuando el contexto deja de ser favorable, ahí es donde se ve la estructura interna del jugador.

Volver a ponerte los zapatos implica aceptar que el nivel no está en la perfección, sino en la continuidad. En seguir ocupando ese espacio, en seguir actuando desde esa identidad, incluso cuando la realidad no coincide con la imagen ideal.

Por eso, la pregunta final es muy simple:

¿Te lo vuelves a poner?

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