La necesidad de anticipar problemas, controlar las reacciones de los demás y evitar situaciones incómodas puede terminar impidiendo que un jugador actúe sobre aquello que realmente depende de él.
Hay jugadores que aparentemente lo están haciendo todo bien. Entrenan muchas horas, compiten, se esfuerzan, tienen objetivos ambiciosos y quieren mejorar su ranking, jugar torneos internacionales, conseguir una beca universitaria o alcanzar el siguiente nivel de su carrera deportiva. Y, sin embargo, existe una barrera mucho menos visible que puede estar frenando su evolución: la necesidad de evitar la incomodidad antes incluso de que esa incomodidad exista.
👉 Sigue leyendo… porque a veces aquello que hacemos para protegernos de posibles problemas termina convirtiéndose precisamente en lo que nos impide actuar, tomar decisiones y seguir creciendo.
No me refiero únicamente a la incomodidad física de entrenar duro. Me refiero a algo mucho más sutil: la dificultad para afrontar situaciones en las que no sabemos qué va a ocurrir, cómo va a reaccionar otra persona o cuáles serán las consecuencias de nuestra decisión.
Y cuando un jugador desarrolla el hábito de protegerse constantemente de esa incertidumbre, puede acabar evitando precisamente las acciones que necesita realizar para seguir creciendo.
«¿Cómo puedo tener menos estrés?»
Esta pregunta aparece con frecuencia en jugadores jóvenes. Colegio, entrenamientos, preparación física, torneos, viajes, deberes, resultados, ranking y expectativas. Todo se acumula.
Por supuesto, una agenda exigente genera carga. Pero no todo el estrés procede necesariamente de la cantidad de cosas que tenemos que hacer.
A veces existe otra fuente de estrés: los problemas que permanecen abiertos porque no queremos afrontar la incomodidad de resolverlos.
Tengo algo pendiente. Sé que debería hablar con alguien. Tengo que comunicar un problema, reconocer un error, pedir un cambio o explicar que no he cumplido algo con lo que me había comprometido.
Podría simplemente actuar. Pero entonces comienza el pensamiento: «¿Qué va a pensar de mí?», «¿Y si se enfada?», «¿Y si cree que no me importa?», «¿Y si me dice que no?» o «¿Y si esto genera otro problema?».
Y ahí empieza un mecanismo psicológico muy interesante.
El problema real todavía no ha ocurrido
Existe una situación concreta en el presente. Pero nuestra mente empieza a construir escenarios futuros.
Problema → anticipación → más problemas imaginados → aumento de la incomodidad → evitación.
El jugador deja de responder a aquello que realmente está ocurriendo y comienza a responder a lo que imagina que podría ocurrir.
Y como no puede controlar cuál será la reacción de los demás, intenta controlar algo diferente: evitar la situación.
No pregunta, no comunica, no propone y no toma la decisión. Lo deja para después. Incluso puede terminar diciendo: «Se me olvidó».
Pero mientras tanto el problema continúa ahí.
Evitar proporciona alivio… durante un momento
Esta es precisamente la razón por la que la evitación puede convertirse en un patrón tan persistente.
A corto plazo funciona. Si tengo que mantener una conversación incómoda y no la tengo, durante unos minutos siento alivio. Si tengo que comunicar que no he cumplido algo y no lo comunico, evito momentáneamente la posible reacción de la otra persona.
Pero el alivio tiene un precio.
El problema no ha desaparecido. Ahora tengo el problema original, la tarea todavía pendiente, la preocupación por no haberla hecho, la preocupación por cómo reaccionará la otra persona cuando lo descubra y, posiblemente, menos tiempo para solucionarlo.
Es decir:
Evito para reducir mi estrés y termino generando todavía más estrés.
No necesitas controlar la reacción del otro
Aquí aparece una distinción fundamental para el crecimiento personal y competitivo.
Si tienes un problema, tu responsabilidad no consiste en garantizar que la otra persona vaya a reaccionar como tú quieres. Eso no depende de ti.
Tu responsabilidad consiste en actuar sobre aquello que sí está bajo tu responsabilidad.
Puedes decir: «Tengo este problema», «Esto es lo que ha ocurrido», «Esta es la solución que propongo» o «¿Qué podemos hacer?».
Y después puede ocurrir cualquier cosa. La otra persona puede aceptar tu propuesta, rechazarla, molestarse, darte otra alternativa o decirte algo que no quieres escuchar.
Pero entonces aparece el verdadero entrenamiento:
Sostener la respuesta sin necesitar haberla controlado previamente.
Eso es muy diferente de intentar construir una vida en la que nadie responda nunca de una manera que nos incomode.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el tenis?
Muchísimo.
Porque el mismo mecanismo puede aparecer dentro de la pista.
Un jugador está compitiendo y aparece un problema. Falla dos derechas, pierde un break, el rival empieza a jugar mejor o tiene una bola importante.
Y su mente abandona el presente: «¿Y si vuelvo a fallar?», «¿Y si pierdo este juego?», «¿Y si pierdo el partido?», «¿Qué va a pensar mi entrenador?» o «¿Qué van a pensar mis padres?».
Fijémonos en algo importante: ninguna de esas cosas está ocurriendo todavía. Pero fisiológica y emocionalmente el jugador empieza a responder como si estuvieran ocurriendo.
Ya no está resolviendo la pelota que tiene delante. Está intentando controlar un futuro que todavía no existe.
El control que aparentemente protege puede terminar bloqueando
Intentar anticipar problemas puede parecer una estrategia inteligente. Y hasta cierto punto lo es. La capacidad de anticipación nos permite planificar y prepararnos.
El problema aparece cuando dejamos de utilizar la anticipación para prepararnos y empezamos a utilizarla para intentar eliminar toda posibilidad de incomodidad.
Porque eso es imposible.
No puedes garantizar que no vas a perder, que alguien no se va a enfadar, que no vas a equivocarte o que una decisión vaya a salir exactamente como esperabas.
Y cuanto más necesitas esas garantías para actuar, más limitada se vuelve tu capacidad de acción.
La alternativa: acción y capacidad de sostener
Por eso una de las capacidades que considero fundamentales en el desarrollo mental de un jugador es aprender este proceso:
Veo → acepto → actúo → sostengo.
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Veo: lo que está ocurriendo sin añadir inmediatamente diez escenarios futuros.
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Acepto: que existe una situación incómoda.
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Actúo: sobre aquello que depende de mí.
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Sostengo: la respuesta que venga después.
Esto no significa actuar impulsivamente. Significa dejar de utilizar el pensamiento como mecanismo para escapar de la acción.
La pregunta deja de ser «¿Cómo puedo asegurarme de que esto no genere ningún problema?» y pasa a ser:
«¿Cuál es la siguiente acción que depende de mí?»
La aprobación vuelve a ser una pieza fundamental
En flowandgrow trabajamos la aprobación como una competencia esencial.
Aprobar no significa resignarse. No significa que algo tenga que gustarte. Significa reconocer la realidad que existe antes de decidir qué hacer con ella.
«Esto es lo que hay.»
No hice algo que tenía que hacer. Esto es lo que hay. Estoy nervioso. Esto es lo que hay. Voy perdiendo. Esto es lo que hay. Mi entrenador puede molestarse con lo que voy a decirle. Puede ocurrir.
Y ahora:
¿Qué voy a hacer yo?
Cuando el jugador deja de invertir tanta energía en controlar aquello que no depende de él, recupera energía para actuar sobre aquello que sí depende de él.
Una competencia que trasciende completamente el tenis
Por eso este trabajo no termina cuando el jugador abandona la pista.
Un adolescente que aprende a afrontar una conversación difícil en lugar de evitarla está desarrollando una competencia para la vida. Un joven que aprende a proponer soluciones cuando aparece un problema está desarrollando autonomía. Un jugador que acepta que no puede controlar la reacción de los demás está desarrollando responsabilidad.
Y alguien que aprende a sostener una respuesta incómoda sin huir inmediatamente de ella está aumentando su capacidad para afrontar objetivos cada vez mayores.
Lo necesitará en el tenis, pero también en la universidad, en el trabajo, en sus relaciones, en sus decisiones y en cualquier proyecto importante de su vida.
¿Cómo sé que este patrón está cambiando?
No cuando desaparece el miedo. No cuando deja de sentir incomodidad. Ni siquiera cuando deja de pensar: «¿Y si sale mal?».
El verdadero cambio aparece cuando puede sentir todo eso y, aun así, decir:
«Tengo este problema. Esta es la solución que propongo.»
Y actuar.
Ese es el salto.
Porque la fortaleza mental no consiste en eliminar la incomodidad. Consiste en desarrollar una arquitectura interna suficientemente sólida para actuar, decidir y sostenerte también cuando la incomodidad está presente.
Quizá tu hijo no necesite controlar más. Quizá necesite exactamente lo contrario: dejar de intentar controlar aquello que todavía no ha ocurrido y aprender a responder a aquello que está ocurriendo ahora.
Porque mientras intenta controlar el futuro, puede estar dejando de actuar en el presente.
Y quizá esa sea precisamente la barrera invisible que todavía le impide competir —y vivir— al nivel de todo su potencial. 💙
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