Cuando compites para impedir que ocurra aquello que temes, tu atención, tus decisiones y tu manera de jugar empiezan a cambiar
Muchos jugadores entran en una pista convencidos de que están jugando para ganar. Sin embargo, cuando observamos con más profundidad qué está ocurriendo internamente, descubrimos algo muy diferente: en muchas ocasiones, el jugador no está concentrado en conseguir aquello que quiere, sino en impedir que ocurra aquello que teme.
👉 Sigue leyendo… porque no es lo mismo jugar para ganar que jugar para no perder. Y aquello que intentas evitar puede terminar ocupando tanto espacio que empiece a tomar las decisiones por ti.
Esa diferencia puede transformar completamente tu manera de competir.
No es lo mismo jugar para ganar que jugar para no perder. No es lo mismo construir un resultado que intentar protegerte de uno. Y no es lo mismo utilizar tu energía para crear que utilizarla para evitar.
Cuando el miedo empieza a organizar el partido
Imaginemos a un jugador que antes de entrar en pista piensa:
«No puedo perder contra este jugador.»
Quizá su rival tiene peor ranking. Quizá todo el mundo espera que gane. Quizá perdió contra él anteriormente. O quizá siente que una derrota tendría consecuencias importantes para su carrera, su confianza o la opinión que otras personas tienen sobre él.
Aparentemente, su objetivo sigue siendo ganar. Pero psicológicamente ha ocurrido algo muy importante.
Su atención ya no está organizada únicamente alrededor de la pregunta:
«¿Qué necesito hacer para ganar este partido?»
Ahora existe otra pregunta mucho más amenazante:
«¿Cómo consigo que no ocurra aquello que no puede ocurrir?»
Y desde ahí empieza a competir.
La investigación en psicología del deporte muestra la importancia que tiene la dirección de la atención bajo presión. La ansiedad puede desplazarla desde las señales relevantes para la tarea hacia preocupaciones, amenazas o consecuencias del resultado, interfiriendo con la ejecución. También existe evidencia de que los objetivos orientados a aproximarse a aquello que se quiere conseguir pueden resultar más favorables que aquellos organizados alrededor de evitar el fracaso.
No perder. No fallar. No decepcionar.
El problema es que aquello que intentamos evitar puede adoptar muchas formas.
Un jugador puede pensar «No puedo perder». Otro, «No puedo volver a bloquearme». Otro, «No puedo fallar otra vez cuando tenga una bola importante». Y otro, «No puedo decepcionar a mis padres o a mi entrenador».
Incluso pueden aparecer pensamientos aparentemente más deportivos: «No puedo bajar de ranking», «No puedo perder estos puntos» o «No puedo quedarme fuera de este torneo».
El contenido cambia, pero la estructura psicológica es similar.
Existe un escenario que el jugador ha convertido en algo que no está dispuesto a permitir.
Y precisamente por eso empieza a vigilarlo.
Cuanto más intentas evitar algo, más presente está
Aquí aparece una de las grandes paradojas del rendimiento.
Si perder se convierte en algo inaceptable, necesitas comprobar constantemente si estás acercándote o alejándote de esa posibilidad. El marcador adquiere más importancia, los errores adquieren más significado y una ventaja desperdiciada se vuelve más amenazante.
Una doble falta deja de ser simplemente una doble falta.
El rival encadena tres buenos puntos y aparece inmediatamente:
«Ya está pasando.»
La investigación sobre presión competitiva describe un mecanismo relacionado: cuando el deportista percibe como elevados tanto la probabilidad como el coste de fallar, aumenta la probabilidad de experimentar ansiedad. Los errores anteriores también pueden alimentar nuevas valoraciones sobre la posibilidad de volver a fallar, creando un círculo que mantiene la amenaza psicológicamente activa.
En tenis esto resulta especialmente relevante porque el jugador dispone de muchísimo tiempo para interpretar lo que acaba de ocurrir.
Punto. Pausa. Pensamiento. Siguiente punto. Pausa. Pensamiento.
Y así durante horas.
Entonces cambia tu manera de jugar
Cuando el objetivo interno se convierte en evitar algo, las decisiones empiezan a modificarse.
El jugador que no quiere fallar empieza a asegurar. El que no quiere perder una ventaja empieza a controlar. El que teme una doble falta modifica un saque que ha ejecutado miles de veces. El que necesita cerrar el partido empieza a mirar continuamente el marcador.
Y el que teme decepcionar deja de responder a lo que está ocurriendo en pista y empieza, consciente o inconscientemente, a competir contra las consecuencias imaginadas de una derrota.
Incluso intentar controlar conscientemente movimientos deportivos altamente automatizados puede interferir con su ejecución bajo presión. Este fenómeno se ha estudiado específicamente en tareas como el saque de tenis.
Y entonces aparece una frase que escucho frecuentemente:
«No entiendo por qué en los partidos no juego como entreno.»
Quizá porque en el entrenamiento estás jugando al tenis.
Y en competición estás intentando que algo no ocurra.
Aceptar no significa querer
Aquí aparece una distinción fundamental.
Aceptar la posibilidad de perder no significa querer perder. Aceptar que puedes fallar no significa conformarte con fallar. Aceptar que puedes bajar de ranking no significa renunciar a subirlo. Y aceptar que un objetivo quizá no se consiga no significa dejar de perseguirlo.
Significa algo diferente: dejar de necesitar controlar que el escenario que temes no ocurra.
Un jugador puede decirse:
«No quiero perder este partido. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ganarlo. Pero también acepto que puedo perderlo y que, si ocurre, sabré estar con ese resultado.»
Ese último elemento cambia mucho.
Porque si sabes que puedes estar con la derrota, ya no necesitas protegerte constantemente de ella.
De evitar a crear
Cuando el jugador deja de utilizar gran parte de sus recursos mentales para controlar aquello que teme, puede devolver su atención a algo mucho más útil:
¿Qué quiero crear ahora?
No dentro de una hora. No al final del torneo. No cuando aparezca el ranking del lunes.
Ahora.
¿Qué necesita este punto? ¿Dónde quiero jugar? ¿Qué está haciendo mi rival? ¿Qué patrón está funcionando? ¿Qué decisión quiero tomar? ¿Qué necesita mi tenis?
El objetivo sigue existiendo. Quieres ganar, mejorar tu ranking, clasificarte, conseguir la beca o convertirte en profesional. El resultado importa porque proporciona dirección.
Pero existe una enorme diferencia entre dirigirte hacia un resultado y necesitar desesperadamente impedir el contrario.
¿Estás jugando para ganar o para no perder?
Esta es una pregunta que merece la pena hacerse antes de competir.
Porque desde fuera las dos cosas pueden parecer idénticas. Dos jugadores pueden decir:
«Quiero ganar.»
Pero internamente uno puede estar preguntándose:
«¿Qué necesito crear para ganar?»
Mientras el otro está pensando:
«¿Qué tengo que hacer para asegurarme de no perder?»
El primero dirige su atención hacia una posibilidad que quiere construir. El segundo permanece pendiente de una amenaza que necesita evitar.
Y cuando aquello que intentas evitar ocupa demasiado espacio mental, puede acabar tomando las decisiones por ti.
Por eso una de las competencias psicológicas fundamentales del jugador competitivo consiste en aprender a mirar también aquello que no quiere que ocurra y poder decir:
«No quiero esto. Pero acepto que es una posibilidad. Y si ocurre, sabré estar con ello.»
Entonces ya no necesitas luchar constantemente contra ese escenario.
Puedes volver al presente. Puedes volver al punto. Puedes volver a decidir. Puedes volver a competir.
Y, sobre todo, puedes utilizar tu energía para crear el tenis y el resultado que quieres, en lugar de utilizarla para escapar del resultado que temes. 💙
¿Entrenas a un nivel y compites a otro?
Si tú o tu hijo sentís que el miedo a perder, fallar, decepcionar o no conseguir determinados resultados está condicionando la manera de competir, podemos analizar qué está ocurriendo y qué necesita cambiar.
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Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Doctora en Psicología · Máster en Psicología del Deporte
Mental Coach de tenis · CEO de flowandgrow Mental-Coaching S.L.
Colegiada AO11855
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