A veces el éxito no consiste únicamente en alcanzar aquello que perseguimos, sino en poder mirar a la persona que hemos construido durante el camino y reconocernos en ella.
Hay momentos que aparentemente no tienen nada de extraordinario y, sin embargo, consiguen mostrarte con enorme claridad dónde estás en tu vida. Anoche tuve uno de ellos. Había terminado de trabajar, me puse una sudadera y unos pantalones cómodos, cogí una manta y salí a mi terraza. Las luces estaban encendidas, se escuchaba el mar, se veían las estrellas y tenía preparada una serie para terminar el día.
👉 Sigue leyendo… porque durante unos segundos conseguí verme desde fuera y ese pequeño momento me hizo comprender algo que tiene muchísimo que ver con el trabajo que hago cada día con mis jugadores.
Nada espectacular. Y, sin embargo, durante unos segundos ocurrió algo extraño: me vi desde fuera. Como si aquella escena no fuera mi vida, sino una secuencia de una película que estaba observando.
Y pensé:
«Me encanta esa mujer. Me gustaría ser ella.»
Inmediatamente apareció una segunda idea:
Esa mujer soy yo.
No se trataba de tener una vida perfecta
Mi reacción no tenía nada que ver con pensar que todo estuviera resuelto. No lo está.
Como cualquier persona, tengo problemas que solucionar, objetivos que todavía no he alcanzado, incertidumbres, preocupaciones, decisiones difíciles y días en los que las cosas no salen como esperaba. Pero precisamente por eso aquel pensamiento fue tan importante.
No estaba admirando una vida perfecta. Estaba reconociendo una vida que se parece a mí.
Me gusta la mujer en la que me he convertido. Me gusta cuidarme. Me gusta hacer deporte. Me gusta trabajar en algo en lo que profundamente creo. Me gusta vivir cerca del mar. Me gusta mi independencia. Me gustan mis pequeños rituales. Me gusta haber construido un entorno y una manera de vivir que reconocería como propios aunque los estuviera observando desde fuera.
Y entonces entendí que aquello tenía muchísimo que ver con mi trabajo con los jugadores.
¿Qué estamos intentando construir realmente cuando trabajamos la mente?
Cuando hablamos de mental coaching en tenis, es muy fácil reducir el trabajo mental a una serie de problemas que hay que solucionar. El jugador se bloquea, pierde confianza, se enfada, tiene miedo a perder, no gestiona bien los puntos importantes o compite por debajo de su nivel de entrenamiento.
Y entonces buscamos herramientas. ¿Cómo puede controlar los nervios? ¿Qué tiene que pensar antes de sacar? ¿Cómo recuperarse después de un error? ¿Qué rutina utilizar en un break point?
Todo eso puede ser útil.
Pero para mí el trabajo mental profundo empieza mucho más abajo. Porque no estoy trabajando únicamente sobre lo que ese jugador hace cuando el marcador está 5-5. Estoy trabajando también sobre la persona que está aprendiendo a ser mientras persigue sus objetivos.
Y eso cambia radicalmente la perspectiva.
No quiero solamente que mis jugadores ganen más
Por supuesto que quiero que progresen. Trabajo en alto rendimiento y los resultados importan. El ranking importa. Aprender a competir importa. Ser capaz de expresar el nivel real de tenis cuando hay presión importa.
Pero no quiero que el precio de conseguirlo sea construir una persona que dependa permanentemente del resultado para sentirse suficiente.
Quiero que un jugador pueda mirar algún día su propia evolución y pensar que le gusta cómo compite, cómo reacciona cuando las cosas salen mal, cómo persigue aquello que quiere, cómo trata a las personas que le acompañan, cómo toma decisiones, cómo trabaja cuando nadie le observa y cómo afronta aquello que le da miedo.
Y, sobre todo:
«Me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo.»
Porque existe una diferencia enorme entre conseguir cosas y construir una identidad capaz de sostener aquello que consigues.
Puedes tener éxito y no reconocerte en él
Esta es una conversación que considero especialmente importante en el deporte juvenil.
Un jugador puede ganar partidos y no gustarse. Puede subir de ranking y sentirse cada vez más insuficiente. Puede recibir reconocimiento y depender cada vez más de la aprobación externa. Puede cumplir escrupulosamente las expectativas de padres, entrenadores, academias y entorno y descubrir, años después, que nunca llegó a preguntarse qué quería él.
Incluso puede alcanzar aquello que durante años llamó «éxito» y descubrir que no reconoce a la persona que ha llegado hasta allí.
Por eso el desarrollo de un deportista no debería medirse exclusivamente preguntándonos:
«¿Hasta dónde ha llegado?»
Hay otra pregunta:
«¿En quién se ha convertido para llegar hasta allí?»
Para mí, ambas son inseparables.
Del comportamiento a la identidad
Este es uno de los fundamentos del trabajo que desarrollo en flowandgrow. No se trata únicamente de modificar conductas visibles. Hay que trabajar sobre la arquitectura interna desde la que esas conductas se producen.
Un jugador puede aprender una rutina para tranquilizarse y continuar teniendo una identidad completamente construida alrededor del miedo al juicio. Puede aprender a hablarse positivamente y seguir necesitando desesperadamente la aprobación de sus padres. Puede dominar una técnica de respiración y continuar interpretando cada derrota como una demostración de que no es suficientemente bueno.
Cuando trabajamos solamente sobre el síntoma, podemos conseguir que el jugador gestione mejor determinadas situaciones. Cuando trabajamos sobre la raíz, empezamos a transformar desde dónde compite.
Ahí aparecen procesos mucho más profundos: liberarse de patrones que están limitando su desarrollo, atreverse a perseguir aquello que realmente quiere, dejar de construir su identidad desde la aprobación de los demás, aprender a tomar decisiones propias, responsabilizarse progresivamente de su carrera y de su evolución y construir una arquitectura interna capaz de sostener objetivos cada vez más exigentes.
Eso requiere tiempo.
Porque una identidad competitiva no se construye en tres torneos ni con cinco herramientas mentales.
Se desarrolla. Se confronta. Se entrena. Evoluciona.
El jugador que hoy tiene 14 años algún día tendrá 30
A veces, en el deporte juvenil, perdemos esta perspectiva. Todo parece urgentísimo: el próximo torneo, el siguiente ranking, la clasificación, el campeonato, la beca, la academia, los puntos ITF.
Pero el chico que hoy tiene 13, 15 o 17 años algún día dejará de ser un jugador junior. Algunos llegarán al tenis profesional. Muchos otros construirán sus vidas fuera de él.
Pero absolutamente todos tendrán algo en común:
tendrán que vivir dentro de la persona que hayan construido durante esos años.
Por eso padres, entrenadores y profesionales tenemos una responsabilidad que va mucho más allá de ayudarles a ganar el próximo partido.
¿Qué relación están aprendiendo a tener con el fracaso? ¿Qué hacen cuando algo les incomoda? ¿Necesitan que alguien decida constantemente por ellos? ¿Construyen su autoestima alrededor de los resultados? ¿Aprenden a responsabilizarse? ¿Saben diferenciar lo que quieren de lo que otros esperan de ellos? ¿Están desarrollando recursos internos o solamente dependiendo cada vez más de estructuras externas?
Estas preguntas también forman parte del alto rendimiento.
Una definición diferente de éxito
Aquella noche en mi terraza entendí algo que probablemente llevaba mucho tiempo formando parte de mi manera de trabajar, aunque nunca lo hubiera formulado exactamente así.
Existe una forma de éxito que está incluso por encima del resultado:
mirarte desde fuera y descubrir que te gusta la persona que ves.
Que tus decisiones se parecen a ti. Que la vida que estás construyendo se parece a ti. Que lo que haces y lo que eres están cada vez más alineados.
Y poder pensar:
«Si pudiera elegir quién quiero ser, elegiría ser esta persona.»
Eso no significa conformarse. No significa dejar de tener ambición. No significa renunciar a crecer.
Precisamente al contrario.
Puedes querer muchísimo más para tu vida y, al mismo tiempo, sentir orgullo y paz con la persona desde la que estás intentando conseguirlo.
Quizá esa sea una de las formas más profundas de desarrollo.
¿Qué persona estás ayudando a construir?
Por eso creo que, cuando acompañamos a un joven deportista, no deberíamos preguntarnos únicamente cómo ayudarle a conseguir sus sueños.
Deberíamos preguntarnos también:
¿En quién necesita convertirse para poder sostenerlos?
Y todavía hay una pregunta más importante:
¿Le gustará la persona en la que se está convirtiendo durante el camino?
Porque los sueños pueden cumplirse. Pueden cambiar. Y algunos pueden no llegar nunca. Pero la persona que se ha construido mientras los perseguía permanece.
💙 Ese es también el coaching que hago.
No trabajo únicamente para construir mejores jugadores. Trabajo para ayudar a desarrollar personas capaces de competir, decidir, responsabilizarse, crecer y construir una vida que algún día puedan contemplar desde fuera y pensar:
«Sí. La elegiría otra vez.»
🎾🧠 ¿Quieres ayudar a tu hijo a construir algo que vaya más allá del resultado?
Si tienes un hijo o una hija que compite y quieres ayudarle a desarrollar no solo su tenis, sino también la persona y la arquitectura interna necesarias para sostener aquello que quiere conseguir, podemos valorarlo juntos.
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Maite Iriarte Rego
Mental Coach de tenis · flowandgrow
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