En el desarrollo de un joven tenista no necesitamos que todo funcione siempre perfectamente. Necesitamos poder hablar cuando algo cambia, revisar lo que no funciona y seguir construyendo juntos.
Cuando una familia llega a mí para trabajar la parte mental de su hijo, no espero encontrar una familia perfecta. No espero padres que sepan siempre qué hacer, que estén siempre de acuerdo entre ellos ni que el jugador atraviese toda su carrera motivado, seguro y comprometido. Y tampoco espero que durante diez meses de trabajo todo ocurra exactamente como habíamos previsto.
👉 Sigue leyendo… porque el problema no es que durante un proceso aparezcan dificultades, dudas o desacuerdos. El verdadero problema comienza cuando dejamos de hablar de ellos.
Eso no existe.
En el tenis de competición cambian demasiadas cosas. Cambian los resultados, los entrenadores, los calendarios y las necesidades del jugador. Aparecen lesiones, exámenes, viajes, derrotas, conflictos, nuevas oportunidades y momentos de duda.
El problema no es que aparezcan dificultades.
El problema comienza cuando dejamos de hablar de ellas.
Una familia no necesita hacerlo todo bien
Los padres de un joven tenista tienen una posición tremendamente compleja. Quieren ayudar, darle oportunidades e invierten tiempo, dinero y energía en su carrera. Viajan, organizan, escuchan a entrenadores, toman decisiones y, además, tienen que encontrar continuamente el equilibrio entre acompañar a su hijo y permitir que empiece a responsabilizarse de su propia vida.
Es normal equivocarse. Es normal dudar. Es normal no saber si intervenir o mantenerse al margen. Es normal que en algún momento un padre piense:
«No sé si lo estamos haciendo bien».
Eso no me preocupa.
Lo que sí me preocupa es que una familia crea que, para trabajar conmigo, tiene que aparentar que todo está bien.
Porque entonces dejamos de trabajar con la realidad.
Las conversaciones difíciles también forman parte del proceso
Durante un proceso de mental coaching pueden aparecer momentos en los que los padres piensen: «Esto no me está gustando», «No entiendo por qué estamos trabajando esto», «Mi hijo me está contando algo diferente», «Creo que algo ha cambiado», «No sé si estamos de acuerdo con esta decisión», «Estamos teniendo un problema con el entrenador» o «Mi hijo ya no está respondiendo igual».
Y precisamente entonces necesito saberlo.
No cuando hayan pasado tres meses. No cuando la incomodidad se haya convertido en enfado. No cuando el jugador esté atrapado entre diferentes mensajes.
Cuando aparece.
Porque una conversación incómoda a tiempo puede resolver algo relativamente pequeño. Una conversación evitada durante meses puede convertirlo en un problema enorme.
Cuando cada adulto trabaja con una realidad diferente
Imaginemos algo bastante habitual. El jugador piensa una cosa, la madre interpreta otra, el padre tiene una preocupación que todavía no ha expresado, el entrenador está viendo un comportamiento distinto y el mental coach dispone solamente de una parte de esa información.
Todos quieren ayudar. Todos tienen buenas intenciones.
Pero cada uno está tomando decisiones desde una realidad diferente.
Ahí empieza el ruido.
Y el jugador termina muchas veces en medio.
Por eso, cuando hablamos del desarrollo de un joven deportista, la comunicación entre los adultos que forman parte de su sistema no es un detalle. Forma parte del propio proceso de desarrollo.
No necesito que estés siempre de acuerdo conmigo
Esto también es importante.
Trabajar conmigo no significa estar de acuerdo conmigo en todo. No quiero construir una relación profesional basada en que yo digo algo y la familia simplemente lo acepta.
Puedo ver algo que los padres todavía no están viendo. Pero ellos también pueden disponer de información que yo desconozco. El jugador puede mostrarme una versión de sí mismo y comportarse de manera diferente en casa. Puede ocurrir algo con el entrenador. Puede cambiar una situación académica. Puedo interpretar algo de una manera y necesitar revisarlo cuando recibo nueva información.
Y sí:
yo también puedo equivocarme.
La profesionalidad no consiste en tener razón permanentemente. Consiste también en ser capaz de revisar una hipótesis cuando la realidad nos aporta información nueva.
La confianza no es ausencia de conflicto
A veces tenemos una idea extraña de la confianza. Creemos que una relación funciona cuando nadie cuestiona nada, cuando no hay desacuerdos y cuando todas las conversaciones son cómodas.
Yo entiendo la confianza de una manera muy diferente.
Confianza es poder decir:
«Tenemos que hablar».
Y que esas palabras no supongan una amenaza para la relación.
Confianza es poder plantear una duda sin miedo, reconocer un error, decir que algo ha cambiado, escuchar algo que quizá no queríamos escuchar o revisar una decisión sin convertirlo en una batalla sobre quién tenía razón.
Porque una alianza sólida no es aquella que nunca encuentra dificultades.
Es aquella que tiene herramientas para gestionarlas cuando aparecen.
El jugador está observando cómo nos relacionamos
Y aquí llegamos a una parte especialmente importante.
¿Qué queremos desarrollar en nuestros jugadores? Responsabilidad, autonomía, capacidad para comunicarse, inteligencia emocional, liderazgo, capacidad para resolver conflictos y valentía para expresar lo que necesitan.
Queremos que un jugador pueda acercarse a su entrenador y decir: «No entiendo esto». Queremos que sea capaz de reconocer: «Estoy teniendo un problema». Queremos que pueda decir: «Necesito ayuda» o «No estoy de acuerdo».
Pero después los adultos que estamos construyendo ese entorno evitamos exactamente esas conversaciones.
Entonces tenemos una incoherencia.
No podemos pedirle al jugador una competencia que los adultos que lo rodeamos no estamos dispuestos a modelar.
Los padres también forman parte del entrenamiento
Cuando hablo de entrenamiento mental no estoy hablando únicamente de lo que sucede durante una sesión con el jugador.
El desarrollo psicológico de un joven deportista está influido por todo el entorno que construimos alrededor de él. Y los padres tienen un papel extraordinariamente importante.
No porque tengan que convertirse en psicólogos. Ni en entrenadores. Ni en mental coaches.
Precisamente todo lo contrario.
Cada persona necesita comprender cuál es su función. Pero los padres sí pueden contribuir a crear un contexto en el que sea posible hablar, escuchar, discrepar, revisar, responsabilizarse y aprender.
Y esa cultura familiar termina llegando también al deporte.
No quiero padres perfectos. Quiero padres implicados
Hay una diferencia enorme.
Una familia perfecta no existe.
Una familia implicada sí.
Es aquella que, cuando algo cambia, lo comunica. Cuando tiene una duda, pregunta. Cuando no entiende, intenta comprender. Cuando se equivoca, puede reconocerlo. Cuando el jugador necesita asumir más responsabilidad, aprende progresivamente a retirarse.
Y cuando aparece una dificultad, no busca inmediatamente culpables. Busca comprender qué está ocurriendo y qué necesita cambiar.
Eso es muchísimo más valioso para mí que una familia que intenta hacerlo todo perfectamente.
El protagonista no soy yo. Tampoco son los padres
Existe algo que debemos recordar constantemente cuando trabajamos alrededor de un joven deportista.
El protagonista no es el entrenador.
No es el mental coach.
Y tampoco son los padres.
El protagonista es el jugador.
Nuestro trabajo como adultos consiste en construir alrededor de él las condiciones necesarias para que progresivamente pueda asumir más responsabilidad sobre su desarrollo. Hasta que pueda tomar decisiones, comunicarse, resolver problemas, gestionar sus emociones, equivocarse, corregir y liderar cada vez más su propia carrera.
Por eso, cuando aparece un desacuerdo entre los adultos, hay una pregunta que puede ayudarnos muchísimo:
¿Qué necesita ahora el jugador para seguir desarrollándose?
Esa pregunta cambia muchas conversaciones.
«Tenemos que hablar» puede ser una magnífica noticia
No siempre significa que algo esté funcionando mal.
Puede significar que una familia ha detectado algo a tiempo, que un jugador empieza a expresar lo que necesita, que unos padres están cuestionando su propia manera de intervenir, que tenemos información nueva o simplemente que las condiciones han cambiado y necesitamos adaptarnos.
Por eso no quiero que las familias con las que trabajo tengan miedo de esas tres palabras:
«Tenemos que hablar».
Al contrario.
Quiero construir relaciones en las que podamos utilizarlas.
Porque el alto rendimiento no necesita personas perfectas. Necesita personas capaces de observar, comunicar, responsabilizarse, corregir y seguir evolucionando.
Y cuando trabajamos con un joven tenista, eso también forma parte de su educación.
No busco familias perfectas.
Busco familias con las que podamos hablar claro. 💙
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Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Psicóloga del Deporte · Mental Coach de tenis
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