QUIERES QUE TU HIJO TENGA ÉXITO. ¿PERO TUS DECISIONES LE ESTÁN AYUDANDO A CONSTRUIRLO?

QUIERES QUE TU HIJO TENGA ÉXITO. ¿PERO TUS DECISIONES LE ESTÁN AYUDANDO A CONSTRUIRLO?

QUIERES QUE TU HIJO TENGA ÉXITO. ¿PERO TUS DECISIONES LE ESTÁN AYUDANDO A CONSTRUIRLO?

Muchas familias esperan determinadas señales antes de invertir en el desarrollo de sus hijos. El problema es que, a veces, esas señales solo pueden aparecer después de haber construido los recursos necesarios para producirlas.

La inmensa mayoría de los padres con los que trabajo quieren lo mejor para sus hijos. Quieren que sean felices, tener una buena relación con ellos, que aprovechen sus oportunidades y desarrollen su potencial. Y, cuando su hijo tiene el sueño de llegar lejos en el tenis, quieren darle la posibilidad de descubrir hasta dónde puede llegar.

👉 Sigue leyendo… porque, con la mejor intención, muchas familias esperan precisamente aquello que todavía tienen que ayudar a construir. Y mientras esperan, el desarrollo del jugador continúa.

Después de años trabajando con jugadores y familias, observo una paradoja que se repite constantemente: se esperan resultados para invertir, madurez para proporcionar recursos, señales de que el jugador tiene posibilidades antes de desarrollar algunas de las capacidades que podrían aumentar esas posibilidades. Se espera que el jugador pida ayuda o que aparezca el momento adecuado.

Pero mientras esperamos, algo sigue ocurriendo. Porque no decidir también es una decisión.

«Vamos a esperar a ver qué resultados consigue»

Esta es una de las frases que escucho con frecuencia. Tiene una lógica aparentemente impecable: antes de realizar una inversión importante, la familia quiere comprobar que el jugador obtiene resultados que justifiquen esa inversión.

Pero existe un problema en ese razonamiento: ¿y si algunos de los recursos que todavía no le estamos proporcionando son precisamente los que necesita para conseguir esos resultados?

Imaginemos a un jugador que entrena extraordinariamente bien, tiene tenis, capacidad física y dedica muchas horas a entrenar. Sin embargo, en competición se bloquea cuando aparece la presión, cambia su manera de jugar cuando va ganando, interpreta el error como una amenaza, necesita constantemente aprobación externa o tiene dificultades para tomar decisiones bajo presión.

La familia observa que los resultados todavía no llegan y concluye: «Esperaremos a que tenga mejores resultados para invertir más.» Pero quizá estamos planteando la ecuación al revés.

No siempre debemos esperar resultados para decidir si proporcionamos recursos. En determinadas situaciones, necesitamos proporcionar recursos para que el jugador pueda construir los resultados que estamos esperando.

«Es demasiado inmaduro. Vamos a esperar»

Otra de las grandes creencias que encuentro en familias de jugadores jóvenes es que determinados trabajos deben comenzar cuando el jugador haya madurado.

Pero ¿qué significa exactamente madurar?

La madurez no es únicamente una consecuencia automática de cumplir años. Un jugador no se despierta el día de su decimosexto cumpleaños siendo repentinamente responsable, autónomo, consciente y capaz de gestionar la presión.

La responsabilidad, la autonomía, la tolerancia a la frustración, la capacidad de comprometerse, la gestión emocional, la toma de decisiones y la capacidad de sostener las consecuencias de las propias decisiones se desarrollan.

Por supuesto, cualquier intervención debe adaptarse a la edad y al nivel evolutivo del jugador. Trabajar con un niño de 12 o 13 años no significa tratarlo como a un profesional de 25. Pero una cosa es adaptar el trabajo a su momento evolutivo y otra muy diferente esperar pasivamente a que aparezcan capacidades que también pueden y deben desarrollarse.

Por eso, muchas veces, la pregunta no debería ser «¿Cuándo estará suficientemente maduro para empezar?», sino «¿Qué necesita aprender ahora para seguir madurando?»

«Vamos a esperar a ver si realmente quiere ser profesional»

También comprendo perfectamente esta preocupación. El tenis competitivo exige una enorme inversión económica, logística, emocional y familiar: academias, entrenadores, preparación física, material, viajes, hoteles, torneos… Es razonable que unos padres quieran saber si el proyecto tiene sentido antes de seguir aumentando la inversión.

Pero aparece nuevamente la misma paradoja. ¿Qué necesitaríamos observar para concluir que ese jugador realmente tiene posibilidades? Probablemente evolución, resultados, compromiso, responsabilidad, capacidad competitiva, autonomía y consistencia.

Y entonces debemos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo hoy para ayudarle a desarrollar precisamente esas capacidades?

Porque existe una diferencia enorme entre evaluar prudentemente un proyecto y esperar desde fuera a que el jugador demuestre por sí solo que merece seguir recibiendo recursos.

La pregunta que plantearía a cualquier familia en esta situación es: ¿vas a esperar a ver cómo evoluciona para decidir si inviertes en su desarrollo, o vas a invertir en su desarrollo para descubrir hasta dónde puede evolucionar?

El problema del «momento adecuado»

Otra frase habitual es: «Ahora no es el momento.» Y puede ser cierto. No todas las familias tienen que comenzar un proceso de mental coaching ahora, no todos los jugadores lo necesitan en el mismo momento y no todas las situaciones requieren la misma intervención.

Pero conviene diferenciar una decisión consciente de una postergación indefinida.

Porque si ahora no es el momento, deberíamos poder responder qué tendría que ocurrir para que sí lo fuera. ¿Cuando empiece a perder? ¿Cuando los resultados se estanquen? ¿Cuando aparezca un bloqueo? ¿Cuando el jugador tenga 15 o 16 años? ¿Cuando el problema esté afectando seriamente a su confianza? ¿Cuando él mismo pida ayuda?

Si no sabemos responder, quizá no estamos esperando un momento mejor. Quizá simplemente estamos esperando.

Y el momento perfecto probablemente nunca llegará.

Mientras esperas, algo está ocurriendo

Este es uno de los aspectos que considero más importantes. Cuando una familia decide esperar dos años, esos dos años no son un espacio vacío. El jugador sigue construyéndose.

Está formando creencias sobre sí mismo, aprendiendo una determinada manera de competir y estableciendo una relación con el error y el fracaso. Está aprendiendo qué hace cuando siente presión, interpretando los resultados y construyendo significado alrededor de ellos. Y está desarrollando —o no— responsabilidad y autonomía.

Todos esos elementos empiezan a formar parte de su identidad competitiva. Por eso, una dificultad que a los 13 años puede ser todavía un patrón relativamente flexible puede estar mucho más consolidada a los 16.

No significa que después no pueda trabajarse. Significa que el tiempo no es psicológicamente neutro.

«No quiero presionarle»

Esta es probablemente una de las preocupaciones más legítimas de los padres. Y estoy completamente de acuerdo con el principio: no queremos presionar innecesariamente a nuestros hijos.

Pero debemos tener mucho cuidado con confundir ausencia de presión con ausencia de liderazgo.

Un padre puede respetar la autonomía de su hijo y, al mismo tiempo, establecer límites, definir expectativas razonables, pedir compromiso, proporcionar recursos, señalar aquello que el jugador todavía no puede ver y establecer condiciones sobre el proyecto deportivo que está financiando.

Respetar la autonomía de un adolescente no significa convertirnos en espectadores de todas sus decisiones, especialmente cuando hablamos de un proyecto deportivo que requiere una enorme inversión de toda la familia.

El jugador tiene derecho a decidir qué quiere hacer con su vida. Y los padres también tienen derecho —y responsabilidad— de decidir qué están dispuestos a sostener y bajo qué condiciones.

«Tiene que darse cuenta él»

Sí. Hay aprendizajes que ningún padre, entrenador o mental coach puede realizar en lugar del jugador. El jugador tendrá que descubrir, equivocarse, experimentar, tomar decisiones y asumir consecuencias.

Pero acompañar el desarrollo de un adolescente no significa esperar a que descubra absolutamente todo por sí mismo. Precisamente porque todavía está desarrollando su capacidad de juicio, necesita adultos capaces de ofrecerle estructura, perspectiva y recursos.

La cuestión no es evitarle todos los errores. La cuestión es crear un contexto en el que pueda aprender de ellos.

La parte mental no debería ser un servicio de urgencias

Todavía existe una concepción muy extendida de la preparación mental: se utiliza cuando aparece un problema. El jugador se bloquea, pierde confianza, no consigue cerrar partidos, tiene ansiedad o encadena derrotas. Entonces buscamos ayuda.

Pero la preparación mental no consiste únicamente en intervenir sobre síntomas cuando algo ya está fallando. También consiste en construir.

En flowandgrow trabajo desde una idea diferente: la arquitectura interna del jugador. No se trata únicamente de proporcionarle una herramienta para respirar antes de un punto importante. Se trata de comprender qué estructura interna está dirigiendo su comportamiento cuando compite.

Cómo interpreta el error, desde dónde toma decisiones, qué necesita demostrar, qué ocurre cuando aparece la presión, de qué depende su confianza, qué responsabilidad asume sobre su proceso y qué identidad competitiva está construyendo.

Porque las herramientas pueden ayudar a gestionar situaciones. Pero la arquitectura determina quién aparece cuando llega la presión.

Los padres no pueden garantizar el resultado

Hay algo que considero esencial decir con absoluta claridad. Ningún mental coach puede garantizar que un jugador llegará a ser profesional. Ningún entrenador puede hacerlo. Ninguna academia puede hacerlo. Y ningún padre puede comprar ese resultado, por mucho dinero que invierta.

El desarrollo deportivo depende de una enorme cantidad de variables. Por eso, el objetivo no debería ser garantizar el futuro, sino crear las mejores condiciones posibles para que ese futuro tenga la oportunidad de desarrollarse.

Y ahí cambia completamente la pregunta. Ya no preguntamos: «¿Tengo suficientes pruebas de que mi hijo llegará para invertir en su desarrollo?»

Preguntamos: «¿Estamos construyendo las capacidades que necesita para descubrir hasta dónde puede llegar?»

El verdadero objetivo es mucho más grande que el tenis

Para mí, esta es la parte más importante. Cuando trabajamos bien el desarrollo mental de un joven jugador, no estamos construyendo únicamente un mejor competidor.

Estamos ayudando a desarrollar una persona que aprende a responsabilizarse de sus decisiones, gestionar la frustración, perseverar cuando algo no funciona, diferenciar su valor personal de un resultado, tomar decisiones bajo presión, afrontar aquello que le incomoda, comprometerse con objetivos a largo plazo y liderar progresivamente su propia vida.

Quizá llegue a ser profesional. Quizá no. Pero esas capacidades seguirán perteneciendo a esa persona mucho después del último partido de tenis.

Por eso, cuando una familia me pregunta si es demasiado pronto, si debería esperar resultados, si debería esperar a que madure o si quizá dentro de dos años será mejor momento, mi objetivo no es convencerla de que tiene que empezar inmediatamente.

Mi objetivo es ayudarla a hacerse una pregunta más profunda:

¿Qué necesita nuestro hijo hoy para convertirse en la persona y en el competidor capaz de construir aquello que dice querer mañana?

Porque esperar también construye. Actuar también construye. Las decisiones de los padres también construyen. Y mientras todos esperamos descubrir hasta dónde puede llegar ese jugador, él ya está convirtiéndose en alguien.

La cuestión es si estamos ayudándole conscientemente a construirlo. 💙

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Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Doctora en Psicología · Máster en Psicología del Deporte
Mental Coach de tenis · CEO de flowandgrow Mental-Coaching S.L.
Colegiada AO11855

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