MI INTENCIÓN ES AYUDAR A LAS FAMILIAS A TENER MÁS ÉXITO

MI INTENCIÓN ES AYUDAR A LAS FAMILIAS A TENER MÁS ÉXITO

MI INTENCIÓN ES AYUDAR A LAS FAMILIAS A TENER MÁS ÉXITO

Mejores relaciones, mejores decisiones, jóvenes más conscientes y proyectos deportivos que permitan descubrir hasta dónde puede llegar cada jugador

Cuando digo que mi intención es ayudar a las familias a tener más éxito, no estoy hablando únicamente de conseguir mejores resultados deportivos. No estoy hablando solamente de ganar más partidos, de subir en el ranking ni siquiera de conseguir que un jugador llegue a ser profesional.

👉 Sigue leyendo… porque para mí el éxito de una familia que acompaña a un joven deportista va mucho más allá del resultado. Tiene que ver también con todo aquello que estamos construyendo mientras perseguimos ese sueño.

Para mí, el éxito dentro de una familia que acompaña a un joven deportista es algo mucho más amplio. Significa conseguir que el proyecto deportivo funcione mejor sin destruir por el camino aquello que debería ser todavía más importante que el propio proyecto: la relación entre padres e hijos, la confianza, la autonomía, la responsabilidad y el desarrollo de la persona.

Y, por supuesto, significa crear las mejores condiciones posibles para que ese jugador pueda descubrir hasta dónde es capaz de llegar. Ese es uno de los grandes objetivos de mi trabajo.

Un sueño deportivo afecta a toda la familia

Cuando un niño o un adolescente empieza a competir seriamente, el tenis deja de afectar solamente al jugador. Poco a poco, toda la familia entra en el proyecto: entrenamientos, viajes, hoteles, inversión económica, organización familiar, torneos y horas y horas dedicadas a ese sueño.

Y junto a todo eso aparecen emociones, expectativas, dudas y decisiones. ¿Le estamos apoyando demasiado? ¿Le estamos presionando? ¿Deberíamos exigirle más o intervenir menos? ¿Tiene realmente posibilidades? ¿Estamos invirtiendo demasiado? ¿Es demasiado joven? ¿Deberíamos esperar? ¿Y si dentro de dos años ya no quiere jugar?

No existen respuestas universales a todas estas preguntas. Pero sí existe algo que considero fundamental: las decisiones que toman los adultos alrededor del jugador también forman parte de su desarrollo.

Los padres también necesitan aprender a acompañar

Muchas veces hablamos muchísimo de lo que tiene que aprender el jugador. Tiene que gestionar mejor sus emociones, ser más responsable, tolerar mejor la frustración, competir mejor, aprender a perder y asumir sus errores.

Pero pocas veces nos preguntamos: ¿qué necesitan aprender los adultos que están acompañando ese proceso?

Porque ser padre o madre de un jugador competitivo también requiere aprendizaje. Los padres necesitan aprender a tomar decisiones sin dejarse dirigir constantemente por el resultado de la última semana, diferenciar apoyo de sobreprotección y liderazgo de control, saber cuándo intervenir y cuándo retirarse, poner límites sin generar una lucha de poder y escuchar sin intentar solucionar inmediatamente todo.

También necesitan aprender a acompañar la frustración sin eliminarla y a ayudar a construir responsabilidad en lugar de asumirla ellos. Y quizá una de las capacidades más difíciles sea tolerar que tu hijo se equivoque sin correr constantemente a salvarle.

Querer ayudar no significa que siempre estemos ayudando

Este es uno de los grandes aprendizajes que veo en mi trabajo con familias. La intención puede ser extraordinaria y, sin embargo, la estrategia puede no estar funcionando.

Un padre puede intervenir constantemente porque quiere ayudar, solucionar problemas porque quiere evitar sufrimiento, bajar sus expectativas porque teme presionar o evitar poner límites porque teme deteriorar la relación. También puede esperar para proporcionar determinados recursos porque quiere comprobar primero si su hijo «realmente vale».

Todas esas decisiones pueden nacer del amor. Pero una buena intención no garantiza un buen efecto.

Por eso considero tan importante ayudar a las familias a mirar no solamente lo que hacen, sino qué está produciendo aquello que hacen.

Mejor relación no significa ausencia de conflicto

A veces creemos que una buena relación entre padres e hijos es aquella en la que hay pocos conflictos. Pero una relación sana no significa que el adolescente nunca se enfade, que esté de acuerdo con todas las decisiones de sus padres, que nunca haya frustración o que poner un límite sea un fracaso relacional.

Una relación sólida necesita espacio para el afecto, la confianza, las conversaciones difíciles, los límites, las diferencias de opinión y una autonomía progresiva.

Un adolescente puede enfadarse con una decisión y seguir sintiéndose profundamente querido. Puede no estar de acuerdo con sus padres y, al mismo tiempo, saber que existe una estructura que le sostiene.

Por eso, no deberíamos medir la calidad de nuestra relación únicamente por lo contento que está nuestro hijo con nosotros en cada momento.

Apoyar tampoco significa hacerlo todo por él

Cuando un hijo tiene un sueño importante, es muy fácil que toda la familia empiece a trabajar para ese sueño. Los padres organizan, pagan, buscan torneos, hablan con entrenadores, solucionan problemas, recuerdan horarios y preparan todo.

Y, sin darse cuenta, puede aparecer una contradicción: el sueño pertenece al jugador, pero la responsabilidad del proyecto empieza a pertenecer a los padres.

Eso no ayuda a construir autonomía. Si queremos formar jugadores capaces de liderarse dentro de una pista, progresivamente también tendrán que aprender a liderar su propio proyecto.

Eso significa asumir cada vez más responsabilidad: preparar sus cosas, comunicarse, organizarse, tomar decisiones, cumplir compromisos, afrontar consecuencias y participar activamente en las soluciones.

El objetivo no debería ser que los padres desaparezcan. El objetivo debería ser que el jugador vaya necesitando cada vez menos que sus padres hagan por él aquello que progresivamente puede hacer por sí mismo.

Respetar su autonomía no significa dejar de liderar

En el otro extremo encuentro familias que tienen tanto miedo a presionar que terminan retirándose de decisiones en las que todavía deberían ejercer liderazgo.

Escucho con frecuencia frases como «No quiero obligarle», «Tiene que salir de él» o «Si él no quiere, nosotros no podemos hacer nada».

Por supuesto que el jugador necesita autonomía. Pero autonomía no significa que un adolescente tenga que decidir absolutamente todas las condiciones de un proyecto que implica a toda la familia.

Los padres pueden escuchar su opinión, respetar sus emociones, darle capacidad progresiva de decisión y permitirle equivocarse. Y, simultáneamente, pueden establecer límites, pedir compromiso, definir qué están dispuestos a financiar, establecer determinadas condiciones para sostener un proyecto de alto rendimiento y decir «no» cuando consideran que algo no tiene sentido.

Liderar no significa controlar. Y respetar la autonomía tampoco significa abdicar de la responsabilidad parental.

El resultado no puede dirigir a toda la familia

Hay otra dinámica que veo con frecuencia. El jugador gana y todo parece funcionar. El jugador pierde y, de repente, cuestionamos todo: el entrenador, la academia, el calendario, el mental coach, la preparación física, el nivel del jugador e incluso el proyecto entero.

Cuando esto ocurre repetidamente, el resultado empieza a dirigir emocionalmente al sistema familiar. Y eso puede generar muchísima inestabilidad.

Una familia necesita aprender a diferenciar entre resultado, qué ocurrió; proceso, qué estamos construyendo; e información, qué podemos aprender de lo ocurrido.

Un partido perdido puede contener información extraordinariamente útil. Y un partido ganado puede esconder problemas importantes. Por eso, una familia que quiere acompañar bien un proyecto deportivo necesita aprender a mirar más allá del marcador.

También necesitamos aprender a esperar

Puede parecer contradictorio porque hablo muchas veces del peligro de esperar demasiado. Pero hay otra espera que sí es necesaria: la espera del desarrollo.

No podemos exigir a un jugador de 13 años que piense como uno de 20. No podemos construir autonomía y después intervenir cada vez que se equivoca. No podemos pedir responsabilidad y solucionar inmediatamente todas las consecuencias de sus decisiones. Tampoco podemos trabajar un patrón durante dos semanas y exigir que desaparezca.

El desarrollo necesita tiempo.

La cuestión es diferenciar entre esperar pasivamente a que algo cambie y acompañar activamente mientras algo se está construyendo. Son dos formas completamente diferentes de esperar.

Una familia también es un sistema

En flowandgrow no observo únicamente al jugador. Observo el sistema en el que ese jugador se está desarrollando, porque alrededor de un joven competidor existen muchas influencias: el propio jugador, sus padres, los entrenadores, la academia, las expectativas, la relación con los resultados, las creencias familiares, la comunicación y la manera de afrontar los conflictos.

Todo interactúa.

Por eso, muchas veces, cambiar únicamente al jugador no es suficiente. Podemos pedirle que gestione mejor la presión mientras desde fuera aumentamos esa presión. Podemos pedirle autonomía mientras hacemos todo por él. Podemos pedirle responsabilidad mientras eliminamos todas las consecuencias de sus decisiones. Podemos pedirle confianza mientras cada derrota provoca dudas sobre todo su proyecto.

No podemos analizar al jugador completamente separado del sistema que le rodea.

¿Qué significa entonces tener más éxito como familia?

Para mí significa tener mejores relaciones sin renunciar a los límites, tomar decisiones con más consciencia y menos miedo y comunicarse mejor cuando aparecen los problemas. Significa ayudar al jugador a desarrollar autonomía real y construir compromiso sin convertirlo en presión destructiva.

También significa mantener el foco en el proceso sin ignorar que los resultados aportan información, saber cuándo ayudar y cuándo permitir que el jugador asuma responsabilidad y crear las mejores condiciones posibles para que pueda descubrir su potencial.

Y, sobre todo, significa conseguir que el tenis sea un escenario en el que ese joven no solamente aprenda a competir.

Que aprenda también a vivir.

Porque el objetivo final es mucho más grande

Yo quiero mejores jugadores. Claro que sí. Quiero jugadores capaces de competir con todo el tenis que tienen, desarrollar una arquitectura interna capaz de sostener la presión y tener más posibilidades de conseguir aquello por lo que están trabajando.

Pero quiero algo más.

Quiero jugadores más conscientes y jóvenes más responsables. Quiero padres que sepan liderar sin controlar, familias que se comuniquen mejor y relaciones que no queden destruidas por un ranking o un resultado. Quiero personas capaces de comprometerse con aquello que quieren.

Porque nadie puede garantizar a una familia que su hijo cumplirá el sueño de convertirse en tenista profesional. Yo tampoco.

Pero sí podemos trabajar para que, mientras persigue ese sueño, construya las capacidades que aumenten sus posibilidades de conseguirlo y que, además, le servirán durante toda su vida.

Por eso mi intención es ayudar a las familias a tener más éxito: más éxito en el tenis, más éxito en sus decisiones, más éxito en sus relaciones y más éxito en la forma de acompañar.

Y más éxito en algo que para mí está por encima de cualquier trofeo: ayudar a sus hijos a convertirse en personas capaces de liderar la vida que quieren construir.

Eso, para mí, también es alto rendimiento.

Y eso también es éxito. 💙

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Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Doctora en Psicología · Máster en Psicología del Deporte
Mental Coach de tenis · CEO de flowandgrow Mental-Coaching S.L.
Colegiada AO11855

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