IMAGINA CLASIFICARTE PARA UNO DE LOS TORNEOS QUE MÁS ILUSIÓN TE HACEN… Y NO PODER JUGARLO

IMAGINA CLASIFICARTE PARA UNO DE LOS TORNEOS QUE MÁS ILUSIÓN TE HACEN… Y NO PODER JUGARLO

IMAGINA CLASIFICARTE PARA UNO DE LOS TORNEOS QUE MÁS ILUSIÓN TE HACEN… Y NO PODER JUGARLO

Cuando una lesión detiene el tenis, el verdadero trabajo empieza por dentro

Hay momentos en la carrera de un joven tenista que parecen marcar un antes y un después. Clasificarse para un torneo importante, alcanzar por fin una meta que llevaba tiempo persiguiendo o tener la oportunidad de competir en un escenario que hasta entonces había contemplado desde lejos. Para Tyler, ese momento llegó con apenas 12 años.

👉 Sigue leyendo… porque cuando una lesión impide a un jugador vivir aquello para lo que llevaba tanto tiempo trabajando, no solamente se detiene el tenis. También comienza un proceso interno que puede convertirse en una parte fundamental de su desarrollo.

Había conseguido clasificarse para el Masters del Australian Open de su categoría, que se disputaba en las propias instalaciones del Australian Open. Para un jugador tan joven, aquello significaba muchísimo más que jugar otro torneo. Era la recompensa al trabajo realizado, la confirmación de que estaba avanzando y una oportunidad extraordinaria cargada de ilusión, expectativas y sueños.

Y entonces llegó la lesión.

No pudo jugar.

Lo que debía convertirse en uno de los momentos más especiales de su joven trayectoria deportiva se transformó en una caída emocional profunda.

Y aquí comienza una parte del deporte de competición de la que todavía hablamos demasiado poco.

Una lesión no afecta solamente al cuerpo

Cuando un joven deportista se lesiona, nuestra atención se dirige lógicamente hacia su recuperación física. ¿Cuánto tiempo estará parado? ¿Cuándo podrá volver a entrenar? ¿Qué tratamiento necesita? ¿Cómo será la readaptación?

Todo eso es imprescindible. Pero mientras el cuerpo intenta recuperarse, en la mente del jugador están sucediendo muchas otras cosas.

Una lesión puede significar ver cómo tus compañeros continúan avanzando mientras tú tienes que parar, perder temporalmente las referencias con las que medías tu evolución, preguntarte cuándo volverás a competir y en qué condiciones o sentir que todo aquello para lo que llevabas meses trabajando queda suspendido.

También puede significar experimentar frustración, impotencia e incertidumbre y tener que reconstruir la confianza en tu propio cuerpo.

Y cuando esto sucede a los 12, 13, 14 o 15 años, estamos hablando además de un deportista cuya identidad personal y competitiva todavía se está formando.

Por eso, recuperar una lesión no consiste únicamente en conseguir que el cuerpo vuelva a funcionar. También hay que sostener al jugador que existe detrás de ese cuerpo.

¿Qué ocurre con la identidad del jugador cuando no puede competir?

Durante gran parte del último año, Tyler ha estado fuera de la competición recuperándose de una lesión de larga duración.

Podríamos haber considerado ese periodo como un tiempo de espera: esperar a que se recuperara, a que pudiera volver a entrenar y a que regresaran los torneos.

Pero desde mi perspectiva había otra posibilidad:

utilizar ese tiempo para seguir desarrollándolo.

Porque una lesión puede detener temporalmente el tenis. Pero no tiene por qué detener el crecimiento del jugador.

Durante este proceso hemos trabajado la presión que Tyler ejercía sobre sí mismo, su relación con el error, la construcción de una confianza menos dependiente del resultado, su capacidad para asumir responsabilidad y desarrollar autonomía, la manera de afrontar la frustración y la incertidumbre y su capacidad para reconocer lo que ocurre dentro de él y elegir cómo responder.

Y, sobre todo, hemos trabajado en la construcción progresiva de su identidad competitiva.

Porque el objetivo no era simplemente que Tyler estuviera mentalmente preparado para volver a jugar.

El objetivo era que, cuando regresara, no fuera exactamente el mismo jugador que se había lesionado.

El crecimiento que no aparece en el ranking

Hace unos días, después de aproximadamente un año trabajando juntos, su madre, Laura, me envió una valoración sobre el proceso.

Hay una frase que para mí resume algo esencial:

«El crecimiento que hemos visto en él como persona ha sido maravilloso.»

Y esto es importante porque durante buena parte de este periodo no hemos podido utilizar el indicador que normalmente domina el deporte de competición: el resultado.

No había suficientes partidos. No había una evolución de ranking que observar. No podíamos medir el proceso contando victorias y derrotas.

Sin embargo, estaban sucediendo otras cosas.

Laura lo expresa así:

«Hemos visto un crecimiento real en su independencia, en la confianza que tiene con los demás y en sí mismo, y en su deseo de conseguir las cosas por sí solo.»

Esto también es rendimiento.

Quizá todavía no aparezca en una clasificación. Quizá no pueda cuantificarse inmediatamente en puntos. Pero estamos construyendo algo que, con el tiempo, deberá sostener todo lo demás.

Antes del competidor está la persona

Existe una tendencia comprensible en el deporte juvenil a intervenir mentalmente cuando aparece el síntoma. El jugador se bloquea, pierde partidos que debería ganar, se hunde después de cometer errores, no sabe cerrar, se presiona o tiene miedo a perder.

Y entonces buscamos una herramienta para solucionar ese problema.

Pero mi trabajo parte de una pregunta diferente:

¿Qué estructura interna necesita construir este jugador para poder afrontar todo lo que el deporte de alto rendimiento va a exigirle?

Porque gestionar un punto importante es una parte del trabajo. Pero detrás de ese punto existe una persona que necesita aprender a tolerar incertidumbre, responsabilizarse, tomar decisiones, sostener la incomodidad, recuperarse de los errores y continuar actuando cuando las circunstancias dejan de ser favorables.

Eso no se construye únicamente cuando llegan los torneos.

Se construye cada día.

Y también puede construirse durante una lesión.

La lesión puede convertirse en parte del desarrollo

No estoy romantizando una lesión. Ningún jugador quiere lesionarse y, evidentemente, el objetivo siempre será prevenirla y recuperarse adecuadamente cuando sucede.

Pero una vez que la realidad está ahí, aparece una decisión:

¿Qué hacemos con ella?

Podemos vivir todo el periodo exclusivamente como una interrupción. O podemos preguntarnos qué puede aprender este jugador durante este proceso, qué recursos necesita desarrollar, qué dependencias podemos empezar a desmontar, qué responsabilidad puede empezar a asumir y quién puede convertirse en este tiempo.

Esta diferencia es enorme.

Porque el jugador deja de sentirse exclusivamente como alguien a quien le está sucediendo algo y empieza progresivamente a descubrir qué puede hacer él con aquello que le está sucediendo.

Ahí empieza a aparecer la responsabilidad.

Y con ella, una forma diferente de seguridad.

Ahora comienza la siguiente fase

Tyler ya ha regresado al tenis.

Y esto no significa que el trabajo esté terminado. Al contrario. Ahora comienza una de las fases más importantes.

Todo aquello que se ha ido construyendo internamente tiene que empezar a trasladarse a la pista: a los errores, a la incertidumbre, a los días en los que las sensaciones no son buenas, a los momentos de presión, a los partidos y a la competición real.

Porque entrenar una arquitectura mental y ser capaz de sostenerla bajo presión son dos etapas diferentes del desarrollo.

Ahora podremos observar cómo ese crecimiento personal empieza progresivamente a convertirse también en crecimiento competitivo.

Laura termina su valoración con estas palabras:

«Recomendaríamos totalmente a Maite a cualquier familia que busque una mental coach que combine una auténtica experiencia y preparación profesional con un trato cercano, humano y reflexivo.»

Para mí, sin embargo, una de las partes más valiosas de su testimonio está unas líneas antes. Cuando habla de un chico más independiente, más seguro y más dispuesto a conseguir las cosas por sí mismo.

Porque ese es precisamente el jugador que quiero que llegue de nuevo a la competición.

No alguien que nunca tenga miedo, dudas, presión o momentos difíciles.

Sino alguien que vaya desarrollando la convicción de que, pase lo que pase, será capaz de encontrar una respuesta y seguir progresando.

¿Hasta dónde puede llegar tu hijo?

Es una pregunta que muchos padres de jóvenes tenistas se hacen.

Y es comprensible.

Pero quizá antes exista otra pregunta todavía más importante:

¿En quién necesita convertirse para ser capaz de llegar hasta allí?

Porque antes del ranking está el jugador.

Antes del jugador está la persona.

Y si queremos construir un competidor capaz de sostener las exigencias del alto rendimiento, la parte mental no puede empezar únicamente cuando aparecen los problemas.

Forma parte de su desarrollo. 💙

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Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Psicóloga del Deporte · Mental Coach de Tenis
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