A veces el límite no está en el tenis. Está en la identidad desde la que el jugador sale a la pista.
Hace unos días volví a ver jugar a Félix Auger-Aliassime.
Mientras observaba el partido, me vino una reflexión que llevo años haciéndome al trabajar con jugadores de tenis de todos los niveles.
¿Por qué algunos jugadores con un talento extraordinario, una educación impecable, una gran calidad humana y todos los recursos para triunfar no terminan de alcanzar el nivel que parecen capaces de alcanzar?
👉 Sigue leyendo… porque algunos jugadores no están frenados por la falta de talento, sino por una contradicción invisible en la forma en la que entienden la competición.
No estoy diciendo que Félix no haya tenido éxito. Ha sido Top 10 del mundo, ha ganado títulos ATP, ha competido al máximo nivel y ha conseguido mucho más que el 99% de los tenistas que sueñan con ser profesionales.
Y, sin embargo, cuando lo observas, da la sensación de que todavía existe una distancia entre lo que es y lo que podría llegar a ser. La mayoría de las personas intentan explicar esta situación diciendo cosas como: “Le falta carácter”, “No tiene instinto asesino” o “No tiene gen ganador”. Personalmente, considero que estas explicaciones son demasiado simples.
La pregunta importante no es si tiene talento. Tampoco si trabaja duro. Ni siquiera si tiene confianza.
La pregunta importante es:
¿Desde qué identidad está compitiendo?
El problema no es ser buena persona
A menudo escucho a jugadores y padres asociar competitividad con agresividad negativa, como si para ganar hubiera que convertirse en una persona egoísta, arrogante o desagradable. Nada más lejos de la realidad.
Algunos de los mejores jugadores de la historia han sido personas extremadamente respetuosas fuera de la pista. Han sido educados, cercanos y humildes. Sin embargo, cuando entraban a competir, eran capaces de imponer su voluntad sobre cualquier rival. No tenían conflicto interno con ganar, no tenían conflicto interno con dominar, no tenían conflicto interno con ocupar espacio y no tenían conflicto interno con ser mejores ese día que la persona que tenían enfrente.
Y aquí aparece una de las barreras invisibles más frecuentes en muchos jugadores talentosos. Quieren jugar bien, quieren agradar, quieren ser queridos, quieren evitar el conflicto y quieren hacerlo todo perfecto.
Pero competir no funciona así.
La competición exige una energía diferente
Existe una diferencia enorme entre jugar al tenis y competir al tenis.
Jugar consiste en ejecutar golpes.
Competir consiste en sostener una intención.
Cuando un jugador entra a la pista únicamente para jugar bien, depende de que las circunstancias le acompañen. Pero cuando entra a competir, ocurre algo diferente. Su atención deja de estar en agradar, deja de estar en evitar errores y deja de estar en cómo lo ven los demás.
Y pasa a estar en una única pregunta:
¿Qué necesita este partido para que yo encuentre la manera de ganarlo?
Esa energía es completamente distinta. Y muchos jugadores nunca llegan a desarrollarla porque sienten, aunque sea de forma inconsciente, que imponerse al rival es algo negativo.
El conflicto invisible
Durante años he observado que muchos jugadores viven atrapados en un conflicto interno. Por una parte desean ganar. Por otra parte sienten rechazo hacia algunas de las características que asocian con los grandes competidores.
Quieren éxito, pero no quieren parecer agresivos.
Quieren destacar, pero no quieren incomodar.
Quieren ganar, pero tampoco quieren que el rival sufra.
El resultado es que desarrollan una identidad dividida. Una parte avanza y la otra frena. Y cuando la presión aumenta, esa contradicción aparece en forma de bloqueos, dudas, miedo a cerrar partidos o incapacidad para sostener momentos importantes.
El verdadero trabajo mental
Por eso considero que gran parte del trabajo mental no consiste en enseñar herramientas. Las herramientas son importantes. La respiración ayuda, las rutinas ayudan y la concentración ayuda.
Pero ninguna herramienta resuelve una contradicción profunda de identidad.
El verdadero trabajo consiste en transformar la estructura interna desde la que el jugador compite. Ayudarle a comprender que puede ser una excelente persona y, al mismo tiempo, un competidor feroz. Que puede respetar profundamente al rival y aun así querer dominar el partido. Que puede ser amable fuera de la pista y despiadado deportivamente dentro de ella.
Que una cosa no contradice la otra.
La pregunta que cambia todo
Cuando un jugador no alcanza el nivel que su tenis parece prometer, rara vez empiezo preguntando por su derecha, su revés o su saque.
Empiezo preguntando algo mucho más profundo:
¿Quién eres cuando compites?
Porque muchas veces el límite no está en la técnica. No está en la táctica. No está en la preparación física. Ni siquiera está en la confianza.
Está en la identidad desde la que el jugador sale a la pista.
Y mientras esa identidad no evolucione, el potencial seguirá atrapado detrás de una barrera invisible.
La mayoría entrena el tenis.
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