El éxito no se mide únicamente por lo que consigues. También por cómo se siente vivir dentro de la persona que estás construyendo mientras persigues tus objetivos.
Esta mañana estaba haciendo yoga. Delante de mí tenía la puerta abierta, el sol entraba en la habitación y, al fondo, veía el mar. Mientras hacía uno de los ejercicios volví a conectar con una sensación que había tenido la noche anterior. Una sensación aparentemente sencilla, pero que me hizo pensar mucho: me gusta la mujer que soy.
👉 Sigue leyendo… porque quizá hablamos demasiado de todo aquello que queremos conseguir y demasiado poco de una forma de éxito mucho más profunda: poder reconocernos y sentirnos bien en la persona que estamos construyendo mientras avanzamos.
No pensé que mi vida fuera perfecta. No lo es. Tampoco pensé que hubiera conseguido ya todo aquello que quiero conseguir. Sigo teniendo objetivos, proyectos, problemas que resolver, incertidumbres y cosas que todavía quiero cambiar.
Era algo diferente.
Era la sensación de sentirme bien viviendo dentro de mí misma.
Y pensé que quizá hablamos demasiado poco de esta forma de éxito.
Cuando el éxito deja de mirarse desde fuera
Durante gran parte de nuestra vida aprendemos a evaluar el éxito a través de indicadores externos: qué has conseguido, cuánto ganas, qué títulos tienes, hasta dónde has llegado o cuánto reconocimiento recibes.
En el deporte sucede exactamente lo mismo. El ranking, los torneos ganados, los puntos, las clasificaciones, las becas, los resultados.
Y, por supuesto, todo eso importa. Trabajo en alto rendimiento y nunca defendería la idea de que los resultados no importan. Importan porque forman parte del objetivo que el deportista ha decidido perseguir.
Pero hay una pregunta que para mí está incluso por debajo de todas esas métricas:
¿Cómo se siente vivir dentro de la persona en la que te estás convirtiendo?
Porque puedes conseguir muchísimo y no gustarte. Puedes tener éxito y vivir permanentemente insatisfecho. Puedes ganar y sentir que nunca es suficiente. Puedes recibir reconocimiento y necesitar cada vez más reconocimiento. Puedes cumplir las expectativas de padres, entrenadores y entorno y descubrir que llevas años construyendo una persona que no sabes si realmente elegiste ser.
Y también puede ocurrir lo contrario. Puedes seguir teniendo sueños pendientes, objetivos enormes y problemas que resolver y, sin embargo, sentir algo profundamente valioso:
«Estoy en mi sitio.»
Me gusta la persona que estoy construyendo
Eso fue lo que sentí esta mañana.
Me gusta sentir mi cuerpo fuerte. Me gusta cuidarlo, nadar, caminar y entrenar. Me gusta sentirme sana. Me gusta mi piel, mi pelo, mis manos. Me gusta ponerme ropa de deporte y sentirme cómoda.
Me gusta trabajar en algo en lo que creo. Me gusta abrir una puerta y encontrar el mar. Me gusta la independencia que he construido y también la sencillez de muchos de los pequeños rituales que forman mi vida cotidiana.
Y entendí algo:
Esto también es éxito.
No porque signifique haber llegado, sino porque significa reconocerme en el camino que estoy construyendo.
Y casi inmediatamente pensé en mis jugadores.
¿Qué estamos construyendo realmente cuando entrenamos a un joven?
Cuando una familia llega a mí suele hacerlo porque existe un problema. El jugador pierde confianza, se bloquea, se frustra, tiene miedo a fallar, compite por debajo del nivel que muestra entrenando, depende demasiado del resultado, necesita la aprobación de sus padres o de su entrenador o no consigue sostener determinados momentos de presión.
Es lógico que la familia quiera solucionar ese problema.
Pero mi trabajo no consiste únicamente en conseguir que ese jugador deje de hacer determinadas cosas. Me interesa quién está aprendiendo a ser.
Porque detrás de cada reacción competitiva se está construyendo también una identidad.
Cuando un jugador aprende a responsabilizarse después de una derrota, no estamos trabajando solamente el siguiente partido. Cuando aprende a tomar decisiones sin necesitar permanentemente aprobación externa, no estamos trabajando solamente su tenis. Cuando aprende a atravesar una emoción incómoda sin escapar de ella, estamos construyendo algo que irá mucho más allá de una pista.
Por eso mi concepción del mental coaching no termina en enseñar herramientas.
El verdadero alto rendimiento también construye personas
Quiero que mis jugadores aprendan a desarrollar un cuerpo que cuidan, no únicamente un instrumento al que exigen resultados; una mente que conocen, en lugar de vivir permanentemente reaccionando a lo que piensan; y unas emociones que pueden sostener, sin necesitar escapar de ellas cuando aparecen.
Quiero también que desarrollen unos valores desde los que decidir, incluso cuando hacerlo resulte incómodo; una disciplina propia, que no dependa permanentemente de que padres y entrenadores estén detrás; y una identidad suficientemente sólida para no necesitar que cada victoria les diga que son buenos ni que cada derrota les diga que no lo son.
Porque el alto rendimiento no debería limitarse a producir mejores resultados.
Debería contribuir también a construir personas capaces de sostener esos resultados sin perderse a sí mismas en el proceso.
El peligro de construir la identidad alrededor del resultado
Esto resulta especialmente importante durante la adolescencia.
Un jugador de 13, 15 o 17 años está desarrollando su tenis al mismo tiempo que está desarrollando su identidad. No son dos procesos separados. Cada experiencia deportiva le está enseñando algo acerca de sí mismo.
¿Qué ocurre cuando pierde? ¿Qué significado atribuye al error? ¿Qué necesita para sentirse valioso? ¿Qué hace cuando siente miedo? ¿Cómo responde cuando nadie le obliga? ¿Decide o espera que otros decidan? ¿Persigue aquello que quiere o aquello que cree que debería querer? ¿Su identidad depende de cómo le miran los demás?
Estas preguntas forman parte de lo que denomino arquitectura interna del jugador. Y son mucho más profundas que preguntarnos únicamente qué rutina debería utilizar antes de sacar en un punto de break.
Una herramienta puede ayudarle a gestionar un momento.
Una arquitectura interna sólida puede cambiar la manera desde la que afronta toda su carrera.
¿Qué quedará cuando desaparezca el ranking?
Hay algo que los adultos deberíamos recordar mucho más cuando acompañamos a deportistas jóvenes.
El ranking desaparecerá. Los torneos terminarán. Las categorías junior quedarán atrás. Llegará un momento en el que no habrá puntos que defender, clasificaciones que perseguir ni partidos que preparar.
Algunos de esos jóvenes llegarán al deporte profesional. Otros encontrarán caminos completamente diferentes.
Pero todos tendrán algo en común:
tendrán que seguir viviendo consigo mismos.
Y entonces quizá descubramos que uno de los resultados más importantes de todos aquellos años de deporte no estaba escrito en ningún ranking.
Estaba en la persona que se construyó durante el camino.
¿Te gusta cómo compites o solamente te gusta cuando ganas?
Esta distinción me parece fundamental.
No quiero que un jugador pueda sentirse orgulloso de sí mismo únicamente cuando gana. Quiero que pueda observarse y pensar que le gusta cómo trabaja, cómo cuida su cuerpo, cómo responde cuando algo sale mal, cómo afronta sus miedos, cómo trata a las personas que le acompañan, cómo toma decisiones y cómo persigue aquello que quiere.
Y, sobre todo:
«Me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo.»
Eso no elimina la ambición. Al contrario.
Una persona puede quererse y querer crecer. Puede sentirse orgullosa de quién es y saber que todavía tiene muchísimo que mejorar. Puede disfrutar de la vida que está construyendo y tener objetivos extraordinariamente exigentes.
Aceptación y ambición no son opuestos.
La cuestión es desde dónde persigues aquello que quieres.
Una persona dentro de la que te guste vivir
Quizá esta sea una de las responsabilidades más importantes que tenemos quienes trabajamos con jóvenes.
No solamente ayudarles a alcanzar sus sueños.
También ayudarles a construir la persona que tendrá que vivir con lo que ocurra con esos sueños.
Porque algunos se cumplirán. Otros cambiarán. Y algunos quizá nunca lleguen. Pero la identidad que hayan construido durante el camino permanecerá.
Por eso, cuando pienso en el trabajo que hago con mis jugadores, cada vez tengo más claro que mi objetivo no es únicamente formar mejores competidores.
Quiero ayudarles a construir una arquitectura interna que les permita competir, decidir, responsabilizarse, cuidarse, atravesar dificultades y perseguir objetivos exigentes sin necesitar perderse a sí mismos para conseguirlos.
Hasta que quizá algún día puedan detenerse, contemplar durante unos segundos su propia vida y pensar:
«Me gusta esta persona.»
«Me gusta cómo vive.»
«Me gusta cómo afronta las dificultades.»
«Me gusta quién está llegando a ser.»
Porque ganar un partido puede ser importante. Conseguir un ranking puede ser extraordinario. Llegar al tenis profesional puede ser un sueño.
Pero existe un éxito que permanecerá mucho después de que todo eso haya terminado:
💙 Haber construido una persona dentro de la que te guste vivir.
🎾🧠 ¿Qué persona está construyendo tu hijo?
Si tienes un hijo o una hija que compite y quieres ayudarle a desarrollar no solamente su tenis, sino también la identidad, la autonomía y la arquitectura interna necesarias para sostener aquello que quiere conseguir, podemos valorarlo juntos.
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Maite Iriarte Rego
Mental Coach de tenis · flowandgrow
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