Cada jugador tiene su propio ritmo de desarrollo. El objetivo no es crecer rápido, sino construir algo sólido que pueda sostenerse en el tiempo.
En el deporte de competición estamos acostumbrados a medir el progreso constantemente: resultados, rankings, partidos ganados, nivel de juego, torneos… Pero hay una parte del desarrollo de un jugador que no siempre puede medirse tan rápido.
👉 Sigue leyendo… porque respetar el proceso de un jugador no significa exigirle menos. Significa comprender qué necesita desarrollar en cada momento para que aquello que construye pueda permanecer.
Hace un tiempo recibí una valoración de Rocío, madre de uno de mis jugadores, después de un año trabajando juntos. Hay una frase de su testimonio que resume perfectamente una de las ideas fundamentales de mi manera de entender el mental coaching:
“Aunque despacio —pues cada niño lleva su tiempo y proceso de maduración— nuestro hijo ha ido creciendo y fortaleciéndose tanto en la pista como fuera de ella.”
Y para mí ahí está precisamente la clave: cada jugador tiene su propio proceso.
El desarrollo no es lineal
Cuando trabajamos con niños y adolescentes no podemos olvidar que estamos acompañando a una persona que todavía está construyendo su identidad, su autonomía y su manera de interpretar aquello que le ocurre. Por eso el crecimiento no sigue una línea recta.
Hay momentos en los que vemos cambios enormes y otros en los que aparentemente ocurre muy poco. Hay aprendizajes que el jugador comprende inmediatamente y otros que necesita experimentar muchas veces antes de integrarlos.
El desarrollo psicológico en el tenis juvenil es precisamente un proceso que se beneficia del trabajo sostenido y adaptado a las necesidades del jugador. Por eso no me interesa acelerar artificialmente el proceso.
Me interesa construir algo que permanezca.
Entender no es lo mismo que integrar
Un jugador puede entender perfectamente que no debería enfadarse después de un error. Puede saber que tiene que concentrarse en el presente, repetir que el resultado no define su valor y conocer todas las herramientas mentales.
Pero saberlo intelectualmente no significa haberlo integrado.
Integrar significa que, progresivamente, esa nueva manera de funcionar empieza a formar parte de su estructura. Y para eso necesitamos experiencias, competición, errores, reflexión, acompañamiento, responsabilidad y tiempo.
Hasta que aquello que inicialmente necesitaba recordar empieza a convertirse en una respuesta cada vez más natural.
Ahí estamos construyendo arquitectura interna.
El gran salto: apropiarse de sus objetivos
Hay otro aspecto del testimonio de Rocío que considero especialmente significativo: habla de «apropiación y seguridad en sus objetivos y en el trabajo integral necesario para lograrlos».
Para mí, este es uno de los grandes saltos evolutivos de un jugador. Cuando son pequeños, gran parte de la estructura viene de fuera: los padres organizan, el entrenador decide, el mental coach propone y el jugador ejecuta.
Pero si queremos desarrollar un verdadero competidor, progresivamente tiene que producirse una transformación: el jugador tiene que empezar a apropiarse de su propio proceso.
Tiene que comprender qué quiere, por qué lo quiere, qué necesita desarrollar para conseguirlo, qué depende de él y qué responsabilidad está dispuesto a asumir.
La autonomía no significa dejar solo al jugador. Significa crear progresivamente las condiciones para que pueda asumir cada vez más responsabilidad sobre su propio desarrollo.
No quiero jugadores que simplemente obedezcan
Quiero jugadores que comprendan, que piensen, que se observen y que aprendan a tomar decisiones. Jugadores que puedan equivocarse y analizar qué ocurrió, que sepan reconocer cuándo necesitan ayuda y que progresivamente desarrollen sus propias respuestas.
Por eso trabajamos aspectos como la autonomía, para aprender a resolver; la responsabilidad, para hacerse cargo de aquello que depende de uno mismo; y la confianza, para sostenerse también cuando el resultado no acompaña.
Trabajamos también el autoconocimiento, para comprender los propios patrones; la gestión emocional, para sentir sin quedar dominado por lo que sentimos; y el compromiso, para entender qué exige realmente aquello que queremos conseguir.
El objetivo no es construir un jugador que necesite permanentemente a su entrenador, a sus padres o a su mental coach para funcionar. El objetivo es desarrollar recursos que progresivamente pertenezcan al propio jugador.
Crecer dentro y fuera de la pista
Otra parte del testimonio de Rocío me parece especialmente valiosa: observa que su hijo se está fortaleciendo tanto dentro como fuera de la pista.
Para mí, este es uno de los mejores indicadores de un trabajo profundo. Porque si únicamente conseguimos que el jugador aplique una determinada técnica durante un partido, hemos producido un cambio muy localizado.
Pero cuando desarrollamos responsabilidad, autonomía, confianza, capacidad de reflexión o gestión emocional, esas competencias no pertenecen exclusivamente al tenis.
Pertenecen a la persona.
Y empiezan a aparecer en otros ámbitos de su vida.
La familia también forma parte del proceso
Respetar el ritmo del jugador no significa renunciar a la exigencia. Significa comprender qué necesita en cada momento para poder avanzar. Y aquí la familia desempeña un papel fundamental.
Los padres pueden crear oportunidades de aprendizaje y favorecer el desarrollo del joven deportista. No se trata de exigir menos, sino de exigir aquello que el jugador está preparado para asumir y acompañarlo para que progresivamente pueda asumir más.
Porque respetar el proceso no significa dejar hacer ni esperar pasivamente. Significa entender en qué momento se encuentra el jugador y ayudarle a dar el siguiente paso desde ahí.
El alto rendimiento también necesita tiempo
Vivimos en una cultura que quiere soluciones rápidas: una herramienta, una técnica, dos sesiones, un cambio inmediato. Pero desarrollar una estructura interna sólida funciona de otra manera.
Hay que observar, experimentar, equivocarse, comprender, volver a intentarlo, integrar y continuar creciendo. Eso no significa que tengamos que esperar años para observar cambios. Podemos verlos muy pronto.
Pero mi objetivo no es únicamente producir una mejora puntual. Quiero que el jugador construya algo suficientemente sólido para acompañarlo cuando lleguen nuevos niveles de competición, nuevas presiones y nuevas dificultades.
El objetivo no es crecer rápido. Es crecer sólido.
Cada jugador tiene su ritmo, cada etapa plantea desafíos diferentes y cada experiencia puede convertirse en una oportunidad para seguir construyendo.
Por eso, una de las cosas que más valoro después de un proceso prolongado no es solamente escuchar «está jugando mejor». Me interesa también escuchar: «es más responsable», «comprende mejor lo que quiere», «está más seguro de sus objetivos», «se conoce mejor» o «está creciendo fuera de la pista».
Porque ahí sé que no estamos trabajando únicamente sobre el resultado.
Estamos desarrollando a la persona que tendrá que sostener ese resultado.
Y esa es una de las grandes finalidades de mi trabajo en flowandgrow: desarrollar al jugador, construir su arquitectura interna, respetar su momento evolutivo y acompañarlo hasta que progresivamente pueda apropiarse de su propio camino.
Porque crecer no significa hacerlo más rápido que los demás.
Crecer también significa aprender a respetar tu propio proceso mientras sigues avanzando hacia todo aquello que puedes llegar a ser. 💙
¿Quieres conocer en qué momento del proceso está tu hijo/a?
Si tu hijo o hija tiene potencial y compromiso, pero quieres comprender qué necesita desarrollar mentalmente para avanzar hacia el siguiente nivel, podemos empezar con una sesión gratuita de valoración personal.
Analizaremos su momento de desarrollo, qué estructura necesita fortalecer y si mi metodología puede encajar con vuestro proyecto como familia.
👉 https://flowandgrowtenis.com/mental-coach/
Prof. Dra. Maite Iriarte Rego
Doctora en Psicología · Máster en Psicología del Deporte
Mental Coach de tenis · CEO de flowandgrow Mental-Coaching S.L.
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